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lunes, 5 de febrero de 2018

Recuperar las huellas

“Existe una cierta uniformidad monótona en los destinos de los hombres. Nuestras existencias se desarrollan según leyes antiguas e inmutables, según una cadencia propia, uniforme y antigua. Los sueños no se hacen nunca realidad, y en cuanto los vemos rotos, comprendemos de repente que las mayores alegrías de nuestra vida están fuera de la realidad. En cuanto vemos rotos nuestros sueños, nos consume la nostalgia por el tiempo en que bullían dentro de nosotros. Nuestra suerte transcurre en ese alternarse de esperanzas y nostalgias.”


Finlandia, diciembre 2017.

Esa uniformidad monótona es la que nos hace dar de bruces contra el cristal cuando vamos embalados al futuro. Cuando creemos a ciegas en la mano del destino, pero topamos con una pared de vidrio que a lo lejos no veíamos. Creemos en los sueños, hasta que los vemos rotos. Debido a eso luchamos por ellos creyendo que serán reales, y lo que es real tan solo es la espera de los mismos y la posterior nostalgia de esperarlos. Qué certera la expresión de Ginzburg de vivir entre esperanzas y nostalgias.

La vida trata de ese creer y el posterior reaccionar. Los sueños rotos. El volver a empezar. Esto viene a mi efeméride del mes. Estos días se cumple una década de mi re-comienzo. Del día en que abrieron la puerta y vi la luz del hogar. Del momento en el que identifiqué ese sol como el que calentaría la rotura. Diez años desde el instante en el que entré en la que supe que sería mi trinchera de calma tras la guerra. Mi guarida, como dice María Sánchez en Cuaderno de campo: “Una casa puede ser un desierto. Quien me observa desde una fotografía. Mis medias manchadas en el desván. Lo que separa un cristal también es un abismo”. Un desierto de silencio encontré yo. Unas paredes blancas que pinté de mis colores. Obi y yo las coloreamos con la fuerza del volver a empezar, del no mirar atrás, sabiendo que ahí afuera, tras el cristal, seguía el abismo y la mirada sin complicidad del mundo.

No puede desandarse el camino, las huellas quedan impresas en el suelo. Es imposible caminar sobre ellas encajando de nuevo la pisada exacta. El destino niega la vuelta atrás y el reescribir. Como un camino escrito sobre la nieve, ella fija cada paso, imposible modificarlo con igual blancura. Lo mismo que los hechos transcurridos, que las impresiones vividas, que las palabras recibidas. No tienen alteración posible. Por eso una recuerda el día que identificó su nuevo hogar, venida de la pérdida y con la esperanza de resurgir y de crear pisadas nuevas. Darse cuenta de que “… de repente es importante apagar una luz / subir la persiana y saber por dónde la memoria…” que decía María Sotomayor en Nieve Antigua. Con la certeza de que lleva años nevando sin que nadie lo sepa… 

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