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lunes, 25 de septiembre de 2017

A los que viajan

Viajar no es lo mismo que estar fuera de casa. Salir de viaje implica relacionar, leer, investigar, absorber, mimetizarse con el nuevo paisaje cual camaleón. Hacer tuyas las calles, hablar con sus gentes, conocer sus lecturas, captar imágenes de lo que nadie fotografía, imaginar historias y dejarlo todo por escrito. Viajar no debería hacerse sin llevar unos apuntes diarios. Sacar la libreta antes de acostarse, con las piernas hechas trizas pero con el lápiz a punto. Antes de apagar la luz, escribir uno a uno todos los detalles del día. No solo aquello visitado, sino aquello vivido. Lo leído, lo conversado, lo sentido mirando al cielo o reposando en un banco en plena calle. Entonces sí se pueden cerrar los ojos.



Los que tan solo están fuera de casa, pululan por las ciudades, no las viven. Recopilan decenas de lugares sin sentirlos. Cada uno en su intensidad. Deambular sin rumbo, sin resultados, no es viajar. Ir de un monumento a otro, no es viajar. Sí lo es, para mí, anotarse el diálogo con una camarera, la conversación con alguien en una parada de autobús, desayunar cada día en el mismo lugar y que al tercer día ya no pregunten qué deseas, recorrer las calles sin necesidad de mapas. No perder detalle. La única manera de no perderlo, con los años, es anotarlo en el cuaderno de bitácora. ¿Y para qué? “Tal vez sea la necesidad de vivir más de una vida dentro de esta vida tan corta que tenemos” Lo dijo Elvira Lindo, en la crónica sobre su estancia en NY, y quizá tenía razón. Cuando viajamos vivimos una vida distinta dentro de nuestra vida. Dejamos la rutina a kilómetros de distancia, nos relacionamos con personas ajenas a nuestros círculos, en otra lengua, en escenarios nuevos. Hacemos ver que somos otros e intentamos pasar desapercibidos entre otras gentes en otras calles. Nuevas vidas dentro de nuestra vida por unos días. Por eso hay que anotarlo todo. Para no olvidar ese trocito de vida real que dejamos más allá de los horarios de la vida grande. La vida oficial que siempre necesita de esas vidas pequeñas para seguir sonriendo.

Gran parte de la sonrisa de los viajes proviene de las fotografías. Las culpables de que no olvidemos. Por eso es importante que nuestros textos acaben acompañados por ellas. Yo las hago imprimir y monto el álbum de viaje con mis textos del diario y las imágenes. Con el tiempo, una recupera sus viajes y se reafirma en lo que dijo Lindo, pequeñas vidas dentro de una sola. Con los años nos convertimos en espectadores de nosotros mismos. Como si no hubiéramos sido los mismos que estuvieron en Oporto, por ejemplo.


La otra sonrisa de los viajes son los libros. Las lecturas previas, los escritores que recorrieron esas calles o escribieron sobre los parajes que descubriremos. Las crónicas de viaje de otros que vivieron ese cielo antes que nosotros. Importantísimo ir estudiado para viajar buscando. Para impregnarse, sin aún bajar del avión, del olor del papel que nos espera. “Los libreros son dealers y son virgilios. Sin los cicerones que te revelan lo que no está en Wikipedia, la crónica de viaje no tiene sentido.Carrión decía toda la verdad. Las conversaciones con los libreros son de las más ricas en los viajes. Debemos estirarles para que nos cuenten, para apuntar en nuestra libreta los secretos de sus páginas que llenarán las nuestras con la mayor de las riquezas. El porqué de unas traducciones y no otras, de unas ventas o de unas ediciones. Debemos recorrer librerías de viejo, como las alfarrabistas portuguesas cargadas de tesoros. Preguntar por escritores que escribieron y vivieron entre ellos. Que te hablen de Torga o de Chacel. Aprender, aprender y aprender. Nunca pulular, no tiene sentido entonces salir de casa. Porque si nos surge la nostalgia del afuera, como decía Hans Cristian Andersen, si sentimos esa comezón de partir, que sea para viajar de verdad y volver con una libreta repleta de vidas pequeñas.

lunes, 18 de septiembre de 2017

Nunca vuelven las gotas

Luque, Aurora. "Cernudiana" de Problemas de doblaje.

No quitamos de los álbumes las fotos de los muertos, no borramos sus números de teléfono de las agendas, quedan inmóviles como si no quisiéramos creer que ya no vuelven. Acumulamos desamparos, que diría Sara Herrera Peralta, apuntando en una lista los que se van. Seguimos recordando sus cumpleaños, contando los que cumplirían si estuvieran aquí. Lloramos siempre en los aniversarios de su pérdida, porque ese día están con nosotros más que los anteriores, porque regresan para traernos los mejores recuerdos a los ojos. Es ahí donde sentimos la nostalgia del tomillo, del cielo de los llanos de la Larri, de los ositos de azúcar o de los miaus más dulces del planeta. Es ahí cuando nos preguntamos, como Vilariño, “qué fue de la vida / qué / qué podrida manzana / qué sobra / qué deshecho.” La vida ha seguido con nosotros aquí, pero sin ellos.

Una aprendió ya de niña a despedirse. Si eso llega a aprenderse. Con los años comprendió que hay ocasiones en las que también se marchan vivos para no volver, sin morirse. Practicó el arte del adiós como quien amasa el pan, porque al dolor también hay que darle para eliminar los grumos. Supo que parten para siempre y se dijo un día, y no en la primera pérdida, que debía decir te quiero sin miedo pero con prisa. Hubo veces en las que no pudo despedirse… las muertes trágicas, las que sorprenden… no te dejan. Esas te privan del último te necesito, dejándote huérfana de palabras porque ya no hay quien las escuche. Por eso hay que compartir las milésimas de segundo, hay que aprovechar desayunos y  meriendas, miradas furtivas y sonrisas, porque las gotas nunca vuelven a su vuelo en la nube. La metáfora de Luque lo dice todo, golpea y duele porque atraviesa.

Cuentas doce años de una, tres años de otro… uno sin Obi. Qué más da si animales o personas, cuando se quiere eso no importa. Cuando existe el pensamiento, la herencia de una risa, la caricia de tantos momentos irrepetibles pero inolvidables. Cuando te traen recuerdos las calabazas, la forma de las nubes, la escena de una película, exprimir limones o comprar la uva. Entonces te preguntas como hizo Milena Busquets¿Seguirá allí el mismo mar, a pesar de tu ausencia? ¿O se habrá replegado sobre sí mismo hasta hacerse tan pequeño como una servilleta pulcramente doblada y te lo habrás llevado también, metido en el bolsillo?” Y la respuesta es que el mar permanece en su sitio, sin ellos, el oleaje y la brisa ahí siguen.

lunes, 11 de septiembre de 2017

A mi ropa tendida

“Me gusta la ropa tendida en los balcones del centro de Oporto.
  Me hubiera gustado tender tus bragas yo mismo, tus faldas, tus
       blusas.
Un montón de ropa, curvando la cuerda hasta dos pisos más abajo.
Sábanas tocando el sucio suelo…”


La ropa tendida nos orienta, tal que una brújula. Nos dice si tocaba blanco o color. Si se ha hecho deporte o cambiado las sábanas. Nos cuenta si ha nacido un bebé o se renuevan las fajas. Si se acaba el invierno y se airean las mantas. Puede que haya habido un día de playa por los bañadores y las toallas. O que se haya decidido lavar todos los tapetes de ganchillo. ¡Lavadora de labores en marcha!

Las cuerdas nos presentan a quién las tiende. Si ha sido cuidadoso en la posición de las prendas, meticuloso en el orden, curioso hasta en la elección de las pinzas. La ropa tendida nos cuenta más de lo que imaginamos de las manos que lavan. Como si tendieran su alma, como Claudio Rodríguez. “… ropa tendida al sol. ¿Quién es? ¿Qué es esto? / ¿Qué lejía inmortal, y que perdida jabonadura vuelve, qué blancura? / Como al atardecer el cerro es nuestra ropa desde la infancia, más y más oscura…” Porque puede ser ropa con manchas, alma envejecida, entumecida, dormida. Porque tal vez sea un lavadora relavada, una y otra vez, buscando esa limpieza que no llega. La absolución, el remendar la colada. Poner en orden la desnudez que ve el pueblo desde el suelo si alza la vista. Mirada arriba y todo lo nuestro al descubierto.


¡Qué intimidad poder colgar la ropa de quien queremos! Vilas lo colgaría todo, ya lo dice. Con el cariño con el que la pondríamos y quitaríamos, ahora la tendemos. Húmeda a la espera del sol. Dichoso sol que todo lo cura. Por eso los balcones, sus cuerdas y esas prendas, cuchichean, cotillean nuestras vidas mucho más que los vecinos.

Justamente también en Oporto capturé instantes de coladas al aire del Atlántico. No pude ver el personaje tras los cristales; pero sí estudiar el resultado, descifrar sus manos, adivinar su tarde, intuir su alma. Porque la ropa habla del mismo modo que la tensión de las cuerdas o la elección de las pinzas. Y hace que nos preguntemos, igual que "A mi ropa tendida", “¿Qué es este amor? ¿Quién es su lavandera?” La que quita las manchas, la que aclara el ajuar, la que espera ese sol para que todo lo limpie. No os perdáis las ventanas para adivinar esas manos. 


lunes, 4 de septiembre de 2017

Porque resistimos, conquistamos

“Quizá sea este el verdadero legado de Shackleton: hacernos entender que las fuerzas hostiles de este globo pueden ser domadas; que no hay más que enfrentarse a las olas, plantarle cara al viento, que el frío es una palabra muy pequeña en casi todos los idiomas, pero el amor, en cambio, no entiende de distancias ni de rumbos, que al enfrentarse a él toda determinación es poca y los planes no sirven para nada”.
Clark, Ben. Los últimos perros de Shackleton.

Refugio de Amitges
Hay quien afirma que los alpinistas, los montañeros o los exploradores no son personas con don de palabra o de sentimiento para expresar literariamente sus hazañas. Siempre he pensado lo contrario y que, en el caso de no tener esa facilidad, su propia proeza ya es poesía. Son poetas que escriben versos a cada paso que dan. Ben Clark lo explicó a la perfección en la introducción de su poemario Los últimos perros de Shackleton. Él que se había dado cuenta de cómo Sir Ernest Henry Shackleton, el explorador del hielo, el que no tenía miedo a cruzar el continente helado de punta a punta atravesando el polo, el que bautizó un monte con el nombre de su amor platónico, fue el hombre que triunfó en lo imposible y fracasó en lo que parecía más sencillo. Porque su vida representaba, ciertamente, la línea del amor. El esfuerzo, la odisea, hasta que se rompió el corazón de verdad y su enamorada se quedó esperándolo por siempre en tierra firme.

George Mallory, el alpinista de los grandes retos, el llamado poeta de las montañas que frecuentaba el grupo Bloomsbury junto a Virginia Woolf, para quien la ascensión era como una sinfonía, no tuvo una vida más dichosa que el Sir. Murió sin que el mundo supiera si ascendía o descendía ya del Everest. ¿Puede haber mayor desgracia para quién es ese el propósito de su vida? Se encontró su cuerpo a pocos metros de la cima, pero aunque existan indicios de que su perecer fuera en el descenso, nada lo corrobora. ¿Eso no es poesía? ¿No implica eso ya una rima perpetua en su misión? Nadie puede negarlo.

Refugio la Colomina
Así, como ellos, cuando cada uno de nosotros asciende cualquier cima debe sentirse poeta de esos montes. Porque vives su aire, su verde, el azul del cielo, el respirar distinto. Eres minúsculo ante la inmensidad de las montañas. Por mínima que sea la altura que alcanzas, una vez arriba, la gesta se convierte en una fotografía imborrable. Recuerdo mi primera llegada a un refugio. Tal vez no fuera ese el inicio, pero sí el que tengo almacenado en mi disco de nostalgia. Agradezco a mi madre que inmortalizara ese momento. Nos acogió el refugio de la Colomina con la niebla y los brazos abiertos. Entonces pensé que era un logro de gigante lo que había conseguido, nada tan lejos de la realidad. Ahora, cuando intento caminar y caminar al menos una ocasión al año, siempre me vuelve esta imagen que vergonzosamente os enseño. Esa estampa que me dice que una es capaz de todo porque como dijo Mallory “la manera de llegar a la cumbre cuenta tanto como el hecho de coronarla”. Porque el camino importa, porque es todo un gesto de amor como insistió el Sir.

Esta vez me acogió el Refugio de Amitges y volví a sentir esa punzada. Exhausta, pero risueña. Porque los que consiguen reseguir caminos con sus botas, los que pintan las nubes a su paso, los que se paran a memorizar el tomillo del sendero y recuperar a quien les recuerda, los que se encandilan con el color de las mariposas, los que una vez arriba se sientan, cierran los ojos y se dicen como Shackleton… Porque resistimos, conquistamos. Esos, también son poetas. 


lunes, 28 de agosto de 2017

Pan de maíz

El pastor es primordial” – le decía siempre su madre. Mi tía Mercè tiene ahora 90 años recién cumplidos y recuerda la guerra civil y ese frío como si fuera ayer. Recorría cada mañana, justo amanecía el día, los cuatro kilómetros que separan Espui de la Torre de Capdella para ir en busca del pan para el pastor. Imagino a una niña de nueve años, alta y espigada, abrigada hasta las cejas. Caminando, tal vez, entre la nieve al despertar el día. Se llegaba hasta el panadero Felip quien ya tenía preparado ese pan de maíz. Le viene un mal recuerdo en cuanto al sabor, pero asegura que era lo único que llevarse a la boca. Antes era el alimento para el pastor que para ellos. Era esencial que quien cuidaba de sus animales, de aquellos que luego supondrían su supervivencia, fuera esmeradamente atendido.

Pan de maíz. Pan barato de un ingrediente que abundaba a un precio asequible. Se hizo famoso durante la Guerra Civil al igual que el pan negro. Este último elaborado con harina de trigo sin refinar y parte de las pieles de las semillas. Unos panes que recuerdan la miseria, el miedo y los kilómetros empleados en su busca. El tío Quim hace memoria de cómo llegaban hasta Vilanova de la Sal, en principio a por pan negro, pero siempre salían con una remesa de rico pan blanco que les guardaban como el mayor de los secretos. De esa manera mi abuela pudo hincar el diente a la delicia color nieve fuera de las cartillas de racionamiento. Lo cuentan con nostalgia, con los ojos llenos de lágrimas, sin olvidar el frío en el camino ni el sabor del pan. Nunca se borra aquello que cala en los huesos.




Seguro que en esos trayectos iban más que bien abrigados con los calcetines que les tejían. Las cinco agujas debían contonearse sin cesar en todos los hogares. Entonces sí por necesidad, no como ahora. Por eso parece que les honramos con nuestras labores. Recuperando ese cuchicheo al encontrarse una a una para abrazar el hilo. En el silencio que nosotros decidimos y que nadie impone, a la luz que más nos agrada, no a la mínima de una vela como si fuera algo prohibido. No podemos ponernos en su piel, tan solo empatizar con esa mirada de terror, la que regresa junto a sus palabras, y tejer. No lo hacemos para ellos, probablemente, pero sí por esa memoria que no cesa de hilar nuestras madejas.

Así este verano han surgido otro par de calcetines Pairfect Socks de Arne & Carlos. Un 46, como el de un buen pastor, ha vuelto a emerger fruto de la madeja mágica, la que dibuja sola. Abrigarán unos pies que no irán por los montes al cuidado de ovejas, ni deberán caminar bajo la nieve a por el pan. Pero esas historias me han acompañado durante las vueltas del hilo, porque esa guerra sigue presente para esta tejedora en cada una de sus pasadas. Por eso no cesa en sus lecturas sobre la misma, por eso piensa en los pies de esos niños que caminaban en busca del pan de maíz. Se estremece con los relatos de penuria, hambre y cebolla: hielo negro y escarcha grande y redonda, que dijo Miguel Hernández. Y por esa escarcha, esas sopas, esos recorridos, el frío y el miedo; teje que teje. 



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