INICIO




lunes, 20 de febrero de 2017

Sabores heredados. Swapetines 2017 (II)


No solo heredamos relojes de pared o tierras en el Pirineo. También quehaceres, maneras, olores, gestos y palabras. Muchos de ellos nos llegan ya en vida para poder darnos cuenta de que vienen impregnados de pasado. Lo bueno, lo curioso del caso, sería saber si no eres la primera generación en recibir ese legado. Si ha sido transmitido ya con anterioridad, si tal vez la abuela de tu tatarabuela ya recibió esa característica familiar. Mágico sería poder hacer un árbol genealógico de herencias en vida, pero no materiales ni ante notario, no.

Últimamente he leído poesía de mujeres que hablan justamente de eso. Coincidencia o no, en todas ellas he encontrado referencias a las herencias, la memoria, los recuerdos familiares que aparecen de sopetón como si nos despertaran del letargo del presente. Ángeles Mora, Sara Herrera Peralta, Mascha Kaléko o Natalia Litvinova son un buen ejemplo de esas lecturas. El reciente poemario de esta última es en esencia la caja de recuerdos que abre en Argentina llegada de su Bielorussia natal. Cada página impacta con un flash-back de su niñez. Un hecho reconstruido a ciegas, sin levantar la mirada. Porque no hace falta abrir los ojos para ver ese pasado, porque esos momentos llegan a ti como las imágenes salpicadas en un cuadro de Pollock. ¿Hay mejor manera de decirlo? No, Natalia, no la hay. Porque todo eso que evocamos con la edad nos llega por salpicaduras, retazos de memoria que aparecen por un gesto, una mirada, una risa, un artículo en la prensa, una frase en un libro de texto, un comentario en la cola del súper… Cualquier mínimo detalle hace resurgir ese río enterrado. Como dice Litvinova, las aguas turbulentas del recuerdo no descansan. Y nos damos cuenta, con el paso de los años, de cuántos detalles fluyen por esas corrientes cargadas de nostalgia.


Yo he heredado el sabor de la tortilla de patata de mi padre. Riendo estaréis. Pero también se heredan los sabores, yo lo sé. Pelo y corto las patatas como él. Sin forma alguna, contradiciendo a mi jerárquica cabeza. Finas, muy finas, para que se doren. No dejo de darles vueltas a fuego lento. Cuchara de madera que va y que viene y las destroza. Con cariño las mezcla haciendo que poco a poco se deshagan. Color oro reciben la cebolla. Sin cebolla no es tortilla, diría él, porque le da la ligereza y el aire para respirar. Y ese olor ya es el suyo. Ya me lleva tan lejos en el recuerdo que hasta parece que no sea yo. Y ese aroma me devuelve a cuando él aún cocinaba, cómo nos gustaba su tortilla. Regresa aquel olor y lo más sorprendente, también el sabor que paladeo de nuevo. Recuerdo la primera vez que la cociné. Me embargó la emoción porque el primer bocado ya contaba mi niñez. Ese día supe que esa sería la mejor herencia, junto al reloj de mi abuelo. Ahora cada vez que me pongo a cocinarla sé que seré capaz, sin querer y sin poder evitarlo, de recrear un sabor que viene de antaño. Puede que ya fuera el de la tortilla de alguno de mis antepasados. Yo quiero creer que sí. Pero… ¿eso cómo se sabe?

Y cocinando, lo poquito que me ven a mí los fogones, siguen avanzando los swapetines. A fuego lento pero sin parar de darle a la cuchara. Bien mezcladito, un color y otro. Como la patata y la cebolla. Mi primera labor de dos cabos distintos, hasta ahora labores solo de patata sin aire. Así que en esta edición me estreno como swapetina trabajando con dos madejas a la vez, a ver si soy capaz. De momento no se quema y huele bien. Un pie terminado, a por el segundo, y disfrutando de la edición. Una edición que como veis he tomado en el horno y la cocina, entre meriendas y tortillas. Será, tal vez, porque el destino de mis calcetines tiene las manos en la masa… 

lunes, 13 de febrero de 2017

La habitación propia del club

La luz entraba tímidamente a través de los porticones de madera. Me gustaba madrugar los sábados para ponerme en mi rincón preferido de la casa, mi escritorio. Encarado a una ventana tras la cual las vistas no eran más que un patio de luces minúsculo. Allí las vecinas: en bata, con o sin peluca o coronadas por sus rulos; salían a tender la ropa y a explicarse sus miserias. Detrás de esas dos puertas me escondía yo, aprovechando esa luz que entraba para darle al lápiz o al libro de turno. Me apasionaba pasar horas ahí sentada, apartar la cortina que siempre molestaba y dejar pasar esos tímidos rayitos que dibujaban formas y jugaban sobre mi papel. Tal vez por eso desde que me independicé, en todas las casas en que he vivido, nunca he querido cortinas que me taparan lo que vivía ahí afuera. Nunca.

Recuerdo que ahí mismo aprendí a observar los cambios que experimentaba la luz con el paso de las horas. Memoricé las diferentes tonalidades dependiendo del momento del día. Descubrí que tenía vida y no solo en su movimiento, sino en su color. Me gustaba la madrugadora, con su ingenuidad soñolienta como la mía. Por eso los sábados no existía la pereza, tras la semana en el colegio, porque quería vivir esa luz y escribir con ella. Me apasionaba la de la hora de la siesta en invierno. Igual que ahora, esa que brilla de forma distinta. Origina reflejos inexistentes el resto del día, comprobadlo. Intentaba apurar al máximo el disfrute de esa iluminación natural. Me resistía valientemente a hacer trabajar la lámpara artificial que creyeron tan buen regalo en mi casa para mi estimado rincón.

Cuando me compraron la primera máquina de escribir no tuve dudas del lugar donde emplazarla. De allí, con mi luz y sin cortinas, salieron mis primeros textos, cuentos e incluso algún capitulillo tecleados. Conservado todo ello en casa de mi madre, junto a mi Olivetti verde botella. Decenas de hojas con mis historias tras la ventana. Ya pensaba yo dónde habrían escrito los y las escritoras que para entonces leía. Virgina Woolf había dicho que era necesaria una habitación propia. Yo la tenía, con lo difícil que había sido para todas mis adoradas del siglo XIX. Es más: tenía la mesa, la ventana, las vistas y la mejor luz que existían para leer y escribir, o eso quería creer. Tal vez por esa razón nunca he dejado de hacerlo.

Me pregunto hoy en día cómo sería el lugar que Rosa Chacel necesitó para escribir Teresa. Si tendría unos buenos porticones, como los míos, para vivir la luz que tan bonito nos contaba. Me llena de curiosidad imaginar ese cuarto abarrotado de Machado o la pequeña habitación de Lorca en Nueva York, lugares de los que salieron obras tan maravillosas. Me enternece pensar en Marga Gil Roësset, recordar su dietario y pensar si siempre escribiría esa desdicha y ese amor por Juan Ramón en el mismo lugar… Emplazamientos físicos imaginados, como si fueran postales. Mágico sería descubrirlos, investigar y conocer en qué circunstancias físicas uno escribió lo que escribió. 


Tras la creación del club de lectura lo primero en que pensamos fue en la necesidad de tener nuestro espacio. Un lugar físico en el que encontrar amparo a aquello que leyéramos, a lo que se escribiera o deseara compartir. Era necesario para tener nuestros tesoros ordenados. Cabecitas pensantes dieron rienda suelta a su imaginación y junto a Montse, nuestra artista de la casa, ideamos la que sería nuestra ventana. Mezclamos los libros y la lana con el talento de nuestros lectores y la letra de nuestras historias. Donde pueden acudir los curiosos, los intrépidos escritores, que deseen dejar huella de todo aquello descubierto en las tardes de club. Una vez creado fue cuando recordé el mío. Como ahora tengo, de nuevo, mi escritorio junto a la ventana y allí el grito de mis jóvenes lectores. Cuando paso por ese pasillo sonrío, pienso en mi juventud, en el murmullo de las vecinas al otro lado de mi luz. Me alegro por ellos y me digo que el club ya tiene habitación propia, ya podemos leer y escribir lo que queramos.


lunes, 6 de febrero de 2017

Chocolate amargo. Swapetines 2017 (I)



... con un lejano rastro de cacao que saborean al raso de la tarde. 

La nostalgia se organiza en pequeñas cajas cerradas. Una de ellas cuando la abres huele a pan, a tardes, a risas y a merienda. Ángeles Mora dedica un poema a esas rebanadas que nos vienen a la mente si recordamos la niñez. Curioso es que todos tengamos esa cajita con un olor similar. Que recordemos con cariño cómo nos untaban ese pan con mantequilla. Que no olvidemos cómo luego nos daban ese buen trozo de chocolate, o revivamos como la abuela espolvoreaba el cacao sobre el amarillo y el azúcar. Nos parecía un manjar, comida de Dioses. Recompensa merecida de buenos nietos, creíamos. Nos daba fuerza para corretear media tarde antes de los deberes, su dulzura nos alegraba el final de la jornada. Recuerdos en casa de mi abuela paterna, siempre vienen a mi mente si pienso en la merienda.

Pero esa caja no tan solo revive la merienda. Recuerdo las tardes de los sábados con mi madre amasando la harina para la empanada. Tal vez como dice Sara Herrera Peralta, amasaba el dolor como se amasa el pan tan necesario. Tal vez sí, y ahora lo vemos. Sus manos enharinadas dando vueltas a la futura cena. Las nuestras de pinches amasando con ella, siendo partícipes de todo lo que mezclábamos allí. Memoria de ese rodillo que estiraba y estiraba, como estirábamos la tarde para que no se terminara nunca ese rato de paz y de cocina. Ese silencio y esa luz del horno preparada para quemar el dolor y dorar los buenos recuerdos. Con la masa sobrante preparábamos la torta de manzana. Ese olor, mezcla de dulce y salado a tandas en el horno, aún me viene ahora los domingos en los que no salgo de casa. Como si escuchara a mi madre trajinar en la cocina.


Así es como preparo este año mi participación en los Swapetines. Intercambio de calcetines tejidos a mano organizado por Pilar, por si alguien anda perdido. Ya tengo mi asignación secreta y pienso amasar con cariño esta malabrigo color chocolate amargo. Darle las vueltas necesarias para que no queden grumos. Para que sea memorable y contenga toda la ternura posible, con su pizca de sal, eso sí. Para que salga del horno a tiempo y arranque una sonrisa con su olor. Tengo el patrón decidido pero no desvelaré el secreto aún por si no soy capaz de tejerlo. Iré publicando avances en Instragram y en Facebook. Y prometo vivirlo con la intensidad de los 250ºC, con la calentura del grill y la ilusión que produce el subidón por la levadura. ¡Que den comienzo los juegos del calcetín! Yo me pongo ya con la merienda...

Mientras dure el proceso, tengo dos meses por delante, me quedo con uno de los versos más bonitos escritos sobre la merienda. Os lo dejo por si os estremece tanto como a mí. Andrea Valbuena dejó escrito:

“Olías a pan tostado y besarte era como merendar dos veces”

martes, 31 de enero de 2017

Teresa

“Y cuando los augurios por la vida nueva y la felicidad futura empezaron a reiterarse con énfasis y efusión, ella se puso en pie, acelerando la despedida, marchando sobre todas aquellas palabras como sobre hojas secas.”



Teresa Mancha se enamoró de José Espronceda. Espronceda cayó rendido ante la dulce Teresa. Una apasionada por la literatura conoce la historia de Teresa y Espronceda. Sabe que dicen, que comentan, que cuchichean que existió el romance del poeta con la esposa de Gregorio. Una lo sabe, lo ha buscado y leído en algún momento y tiene un mínimo conocimiento de los hechos. Es entonces cuando la literatura le regala a una que sea Chacel quien le explique la historia. Menudo regalo.

Fue Ortega y Gasset quien encargó a Rosa Chacel una novela para su colección de Vidas extraordinarias del S.XIX que publicaría luego la editorial Bruguera. Rosa se decidió por Teresa, por la musa del poeta romántico. Decidió que escribiría a partir de lo poco que se sabía. A partir de los pies chiquititos de los que se enamoró el del canto a la “espíritu indomable”. Teresa. Gran decisión la de Chacel. Tras terminar su lectura no he podido leer nada más que no sea ensayo o poesía. No quiero perder todavía esta sensación que ha dejado en mí. Teresa sigue viviendo conmigo, mientras no aparezcan otras historias. No puedo incorporar nuevos personajes porque su recuerdo aún late en mí.

La novela empieza con un cartel de advertencia escrito por la propia Rosa. En él hace hincapié en el porqué de su apuesta por ese personaje y la dificultad que le supuso crear un alma interesante. ¡Habla de crear un alma interesante! Y lo logra, señoras y señores. Lo logra inmensamente. Porque lo que acaba sin ser lo más importante es la historia en sí, porque lo que cuenta es la intensidad de Teresa. Porque Chacel hace que viva cada segundo con una fuerza tal que tras la última página… es como si apagarais la luz. Oscuridad, Teresa ya no está.

Las emociones, los sentimientos, el amor, el dolor, la contundencia de la vida son narradas de manera bárbara por esta mujer a través de los ojos de Teresa. El miedo salta las páginas del número 63 de Bruguera para dejarte la piel de gallina. Porque el amor solo pierde su encanto cuando la imagen del ídolo se deforma. Como acaba deformando Chacel a Espronceda. Como acaba transformando Chacel a la dulce Teresa.

Página tras página, en una letra minúscula y casi sin márgenes, no hay párrafo sin sustancia. En sus más de 300 páginas cada descripción te transporta. Descripciones físicas magistrales, capaces de hacerte recrear cualquier estancia u objeto. No olvidemos que ya venía yo de leer Barrio de Maravillas y ya llegué fascinada tras la descripción de 30 páginas sobre un rayo de luz. Impecable descripción, pocos podrán ser capaces de escribir algo así. Descripciones de sensaciones o emociones de Teresa que te hacen sentir realmente, que te dejan con el hilo pendiente de volver a vivir esa situación. Una Teresa que luce una sonrisa llena de secretos, como si guardara cosas para otro día. Siempre esa sensación de que volverá para explicar más de lo que explica, porque necesitas más. Quieres que te lo cuente todo. Porque sabes cómo se siente, porque empatizas y parece que escriba para ti, que escriba sobre ti. Entras tanto en el libro que formas parte de su vida, eres ella. Deseas decirle qué hacer, deseas que no se sienta cómo hace, que luche, que ame con garras y dientes. Que le dé al ruiseñor corazón como alimento…

Pocos libros calan en las páginas de vida de una. Tantas lecturas pasan por nuestras manos sin pena ni gloria… Pero es mágico encontrar aquella o aquel escritor que ericen siempre el relato. Es cautivador que no deje de sorprenderte, escriba lo que escriba. Que sea imposible leer sin lápiz a mano porque parece que pierdes fragmentos de vida que deberás y necesitarás releer a posteriori. Que un buen día necesitas expresar cómo te sientes y sabes que si recurres a Chacel, ella lo habrá escrito. ¿Es o no es mágico lo dicho? Lo es.


Cierro la última página y me acaricia la mirada de Teresa. Pasa a formar parte de mis recuerdos, como si hubiera estado aquí a mi vera. Como si ella misma me hubiera explicado su historia. Porque Chacel ha conseguido que aún después de cerrar la última página nos siga uniendo ese silencio. 

lunes, 23 de enero de 2017

Eternal Spring

Los recuerdos hay que peinarlos, acariciarlos de vez en cuando para que no se diluyan con los años, para que no nos abandonen. Casi no recuerdo a mi abuela materna. Yo tenía seis años cuando murió tras una larga enfermedad que la tuvo en una cama sin decir palabra. Aun así la memoria cumple con su cometido y me vienen pinceladas a la mente. Revivo sus manos llenando la estufa de leña en el salón, y no sé por qué pero sé que son sus manos. La veo en la calle, con su bata de señora de pueblo, con el bolsillo lleno de ositos de gominola. Nuestros premios, los tesoros del bolsillo de la yaya.

Tras leer Con mi madre de Soledad Puértolas, engullí saliva y futuro pensando en el día que perdiera a mi madre. Como ella me explica el momento en el que a sus 32 perdió a la suya. Puértolas dice que solo los vivos traicionan, que de los muertos solo nos quedan los buenos momentos. Los paseos, los abrazos, las sonrisas. Yo siempre hago volver ese recuerdo de la sonrisa de mi abuela María. Sé que fue ella quién enseñó a tejer a mi madre y a mis tías. A través de su maña y su paciencia se tejieron los calcetines familiares que luego aprendí a tejer yo. Mis pies pequeñitos se calentaron con sus tejidos, lo sé.  ¿La pena? Que no la recuerde tejiendo. Esa imagen no me viene, la puedo recrear ficticiamente, pero mi mente no llega a esa visión.


Es curioso cómo a veces revivimos a esos seres perdidos a través de otras personas. Cómo nos las recuerdan, nos las traen de nuevo. La vida en ocasiones nos las pone ahí para hacernos sentir la nostalgia y el cariño. A Anna le recuerdo yo a su bisabuela. Que sí, que sí. Su madre siempre le ha contado como legado sentimental cómo le viene a la mente su abuela tejiendo calcetines a cuatro agujas. Le explica cómo le contaba historias todas las noches. Historias que no puede recuperar, también ella cae en la laguna del olvido, y que jamás ha encontrado ni escuchado en otro lugar. Como dijo Chacel, parece que Esther ha venido a la vida de Anna para vivificar zonas adormecidas del recuerdo. Y lo ha hecho representando a su bisabuela María, tejedora y cuenta cuentos. Mujer que sufrió perder hijos y nietos, de infancia breve, de vivencias duras. Pero que hilaba historias mágicas para contar a los suyos, mientras pasaba puntos de una aguja a otra. Como se pregunta su biznieta, ¿quién debió explicarle a ella esas historias?

Anna me habló sobre este hilo invisible que nos une el día que le regalé los Eternal Spring Socks. Su bisabuela aparecía de nuevo para calentar sus pies. En forma de mujer raruna de 35 años, en forma de una loca apasionada, que le entregaba unos calcetines tejidos a cuatro agujas. A cambio ella me ofreció su recuerdo. Mujeres con historias que somos. Me decidí por este patrón por mi obsesión desmedida, una vez más, por los rombos. Calmante ha vuelto a ser desenredar el hilo para ir tramando este verde lettuce de Malabrigo Socks. Una primavera eterna, dulce y suave para estos grados bajo cero del dichoso invierno ¿Sabéis qué? Que aquí esta “pies fríos” siempre ha pensado que quien bien te quiere te calentará los pies. Por supuesto que sí.

Y como siempre dándose cuenta una de todo lo que unen las agujas. De cómo tejen recuerdos, crean nuevas amistades, reviven historias y traen imágenes de nuevo, como las manos de mi abuela avivando el fuego. “Las manos de mi abuela: esta orfandad, esta repentina acumulación de desamparos” que escribía Sara Herrera. Porque también se echa de menos el recuerdo de esas abuelas. Acumulemos el amparo del hilo. El cariño de la lana en nuestros pies. Ese que revive hasta a las bisabuelas, lo sabemos. 



Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...