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lunes, 23 de enero de 2017

Eternal Spring

Los recuerdos hay que peinarlos, acariciarlos de vez en cuando para que no se diluyan con los años, para que no nos abandonen. Casi no recuerdo a mi abuela materna. Yo tenía seis años cuando murió tras una larga enfermedad que la tuvo en una cama sin decir palabra. Aun así la memoria cumple con su cometido y me vienen pinceladas a la mente. Revivo sus manos llenando la estufa de leña en el salón, y no sé por qué pero sé que son sus manos. La veo en la calle, con su bata de señora de pueblo, con el bolsillo lleno de ositos de gominola. Nuestros premios, los tesoros del bolsillo de la yaya.

Tras leer Con mi madre de Soledad Puértolas, engullí saliva y futuro pensando en el día que perdiera a mi madre. Como ella me explica el momento en el que a sus 32 perdió a la suya. Puértolas dice que solo los vivos traicionan, que de los muertos solo nos quedan los buenos momentos. Los paseos, los abrazos, las sonrisas. Yo siempre hago volver ese recuerdo de la sonrisa de mi abuela María. Sé que fue ella quién enseñó a tejer a mi madre y a mis tías. A través de su maña y su paciencia se tejieron los calcetines familiares que luego aprendí a tejer yo. Mis pies pequeñitos se calentaron con sus tejidos, lo sé.  ¿La pena? Que no la recuerde tejiendo. Esa imagen no me viene, la puedo recrear ficticiamente, pero mi mente no llega a esa visión.


Es curioso cómo a veces revivimos a esos seres perdidos a través de otras personas. Cómo nos las recuerdan, nos las traen de nuevo. La vida en ocasiones nos las pone ahí para hacernos sentir la nostalgia y el cariño. A Anna le recuerdo yo a su bisabuela. Que sí, que sí. Su madre siempre le ha contado como legado sentimental cómo le viene a la mente su abuela tejiendo calcetines a cuatro agujas. Le explica cómo le contaba historias todas las noches. Historias que no puede recuperar, también ella cae en la laguna del olvido, y que jamás ha encontrado ni escuchado en otro lugar. Como dijo Chacel, parece que Esther ha venido a la vida de Anna para vivificar zonas adormecidas del recuerdo. Y lo ha hecho representando a su bisabuela María, tejedora y cuenta cuentos. Mujer que sufrió perder hijos y nietos, de infancia breve, de vivencias duras. Pero que hilaba historias mágicas para contar a los suyos, mientras pasaba puntos de una aguja a otra. Como se pregunta su biznieta, ¿quién debió explicarle a ella esas historias?

Anna me habló sobre este hilo invisible que nos une el día que le regalé los Eternal Spring Socks. Su bisabuela aparecía de nuevo para calentar sus pies. En forma de mujer raruna de 35 años, en forma de una loca apasionada, que le entregaba unos calcetines tejidos a cuatro agujas. A cambio ella me ofreció su recuerdo. Mujeres con historias que somos. Me decidí por este patrón por mi obsesión desmedida, una vez más, por los rombos. Calmante ha vuelto a ser desenredar el hilo para ir tramando este verde lettuce de Malabrigo Socks. Una primavera eterna, dulce y suave para estos grados bajo cero del dichoso invierno ¿Sabéis qué? Que aquí esta “pies fríos” siempre ha pensado que quien bien te quiere te calentará los pies. Por supuesto que sí.

Y como siempre dándose cuenta una de todo lo que unen las agujas. De cómo tejen recuerdos, crean nuevas amistades, reviven historias y traen imágenes de nuevo, como las manos de mi abuela avivando el fuego. “Las manos de mi abuela: esta orfandad, esta repentina acumulación de desamparos” que escribía Sara Herrera. Porque también se echa de menos el recuerdo de esas abuelas. Acumulemos el amparo del hilo. El cariño de la lana en nuestros pies. Ese que revive hasta a las bisabuelas, lo sabemos. 



lunes, 16 de enero de 2017

La La Land

García Lorca ya se quedó prendado ante las primeras notas de jazz que escuchó en su viaje a Nueva York. ¿Imagináis la cara del granadino con su cante jondo fluyendo en vena cómo llegó? Magnífico debió ser ese descubrimiento para un amante de la música como él. Esa mezcla de colores, de sonidos; la fuerza del saxo debió dejarlo temblando. No voy a hablar de dicha música porque no soy una entendida, a mí tan solo me hace mover los pies y sentirme bien. El que sí es un entendido es Damien Chazelle, director de cine y antiguo batería en un grupo de jazz. Él sí entiende y por su culpa vibramos ante la pantalla.

Ya os hablé de Whiplash. De su intensidad y de cómo una película impacta y te deja sin sentido. Desde entonces esperaba la siguiente y aún con más ganas sabiendo que Ryan Gosling y Emma Stone iban a cantar para nosotros. Sabéis que dejé de escribir la sección mensual de cine, dejó de atraerme contaros mis rarezas cinéfilas, pero no he podido evitar este post porque no os podéis perder La La Land. ¡No podéis!


El género del musical. Ante una situación esperpéntica de la vida, ¿Quién no ha imaginado subirse encima de la mesa y cantarle algo al sujeto de enfrente? Ante unos ojos que se declaran, ¿Quién no se hubiera atrevido a tararear sus sentimientos? Los musicales llevan a cabo todo eso que nuestras mentes locas imaginan, pero no viven. Cantan bajo la lluvia con Gene Kelly, bailan en un parque como Audrey Hepburn y Fred Astaire en una Cara con ángel o cómo Satine canta entre dos amores en Moulin Rouge. Los musicales hacen que caminemos sobre baldosas amarillas como hizo Dorothy junto a Totó. En las películas de Chazelle se ve su influencia, y en esta última se intuye el alma de Las señoritas de Rochefort de Demy. Sus colores, su aroma francés o el ritmo, impregnan muchos de los planos de la Ciudad de las estrellas. Anotadla también, si no la conocéis, disfrutadla.

La La Land narra magistralmente la historia de Sebastian y Mia. Un pianista de música jazz y una actriz. Pudiera ser una película más sobre cómo elegir entre la carrera profesional y el amor, cómo triunfar o hundirse en los sueños que uno tiene desde la niñez. Sería una más si Chazelle no hubiera puesto su magia en ella. 128 minutos que pasan en dos corcheas. Cada escena musical es una emoción, imposible dejar que el vello no se erice. Imposible no estremecerse. Seduce desde el minuto uno con un comienzo espectacular, escenas coloristas, decorados cuidados, un vestuario impecable. Diálogos ingeniosos, canciones cuidadas en su letra y una música estudiada al segundo, unos pasos de baile memorables. ¡Ver bailar a Ryan! No, no tiene desperdicio. Cada plano te obliga al estudio completo de la pantalla, cada foco de luz encajado en el detalle. Atención visual y sonora, porque la música tiene tanta fuerza, tanta, tanta; que sales de la sala bailando. Sí, bailando, os lo digo yo. Bailando y cantando. Esa BSO, totalmente recomendada y que ya está en mi salón sonando en bucle desde entonces. “I don't care if i know / just where i will go / cauze all that i need is this crazy feeling / a rat-tat-tat on my heart /think i want it to stay…”

Me parece que se queda en nada este post, que no soy capaz de transmitiros la inmensidad de La La Land. No sé cómo hacerlo, no sé cómo convenceros sin ser cursi, sin caer en la floritura rosa que puede parecer un musical. No tengo tal capacidad. Para mí ha sido una grata sorpresa, esperada y realizada. Tanto que Sebastian y Mia, pasan a formar parte de mis otras tres parejas cinéfilas. Jesse y CelineAna y OttoJoel y Clementine. Ahora se unen ellos, eso no lo cambia nada ya. Fijaos en su magnitud que ha sido un post, que necesitaba deciros que le deis al play, que confiéis en Chazelle porque no falla. Que os apoltronéis en la butaca y os dejéis llevar. Que pongáis el móvil dos horas en silencio, que se pare el mundo y os emocionéis. Que lloréis tranquilos, que se os muevan los pies, que tengáis ganas de levantaros y gritar a Mia, ¡gritadle! Y que esa emoción os dure hasta el día siguiente, y al otro, como a mí. Que la música suene en vuestra cabeza todo el día y que deseéis bailar y bailar y bailar sin parar.

lunes, 9 de enero de 2017

Cazadora de nubes

Imagino una ventana abierta de la Residencia de Estudiantes. Se ve a un joven Emilio Prados intentando cazar nubes con un espejo. Luchando por que se reflejaran en la pared para así capturarlas en su cuarto. Cazador de nubes le llamó García Lorca y le dedicó a ese nombre “La balada del agua del mar”. Como bien dice Antonio Lafarque en el prólogo de Ángeles Errantes. Las nubes en el cielo poético español, esa caza de las nubes era como la posesión de lo frágil, la victoria ante a lo efímero. ¿Quién no ha sentido ese deseo por ellas? Y es que una servidora se siente un poco pradiana. Su padre tenía una fábrica de muebles en su Málaga natal y él ubicó en su trastienda un "atelier surrealista". Allí fomentó la creación de collages entre sus colegas. Creaba composiciones con sus textos entre hilos, botones, alfileres o telas. Seguro que esa magia cazadora de nubes la transmitía luego en sus creaciones. Siempre intentando que todo aquello onírico que nos acompaña quede en algún sitio reflejado, que no se pierda. Aunque el mundo no lo entienda. Parece que intentaba el rescate de la vida interior, esa vida que a veces tanto nos desborda.

Emilio Prados, junto a Manuel Altolaguirre, fundó en 1925 la Imprenta Sur. Ahí sí cazó nubes, las de la Generación del 27. Ahí sí las capturó y publicó en sus libros lo que ellas decían. Mientras creaban la revista Litoral, llena de cielos de Lorca, Cernuda, Guillén o Alberti. Consiguió su objetivo y se quedó con los cielos de todos. Nos brindó la oportunidad de leerlos. Leer el cielo… una lectura fugaz que se nos escurre entre los dedos. Cambiante de formas y colores. Como las palabras, como las voces que las nombran. ¿Hay algo más breve que una nube?

No solo fue la G27 quien dedicó sus versos a las nubes, y a sus hermanas las nieblas, las brumas, el sol o el viento; sino que han sido todas las generaciones de poetas quienes han escrito sobre ellas. Lafarque ya lo dijo: no son tan solo fenómenos atmosféricos, ¡las llama hermanas! Tienen su vida, sus formas, evocan a cada cual lo suyo.


A mí el cielo me cautiva. No creo en el dicho de “estoy como el tiempo”, siempre he pensado que el cielo está como uno mismo. Que según una amanezca estará él. Lleno de nubes felices que pasan sin lluvia como dijo Cernuda, de sol versión estufa o de atardecer rosa, un rosa fucsia. Quién sabe si cada cual ve un cielo distinto, como todos identificamos diferentes formas en las nubes. Por eso siempre fotografío los míos, recordando el día al que pertenecen y qué significaron. Aquí mis 12 cielos del 2016, uno por cada mes. Sus nubes, nieblas, su sol, la luna, el rojo y el azul. Tan contradictorio siempre, pero como decía Concha Méndez hasta la lluvia canta sobre el paraguas. Hasta el peor cielo oculta algo mágico, siempre. Por ello a principios del año pasado decidí documentar mi año recopilando mis nubes. Es una manera distinta de hacer balance, de recordar, de hacer un diario visual sobre el algodón blanco de ahí arriba.

El mismo Prados dijo que la luna era el corazón del cielo en la “Canción de la Luna Ciega”. Rosa Chacel hablaba en Teresa del consuelo que ofrecen los rayos de Sol. Rafael Alberti vendía nubes de colores para endulzar los calores. Jorge Guillén y Ernestina de Champourcín esperaban ambos en la curva del cielo. Gerardo Diego se preguntaba si las almas eran eternas como las nubes. Marga Gil Roësset, identificaba la bruma densa de la noche negra con la noche eterna, la noche enferma, contrariamente a la vida como risas de sol y agua. ¡Cómo vivió los cielos dicha Generación! ¿No creéis? Parece que, como yo, siempre estaban pendientes al cielo que les cubría, a la vida de las nubes, las caricias del sol, al ronroneo de la luna… Como dijo Lorca en su “Ciudad sin sueño”: No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie. Estad atentos, el cielo no duerme nunca, vosotros tampoco no os perdierais lo que nos cuenta. 

lunes, 2 de enero de 2017

Marcela y mis pastoras

“Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos. Los árboles destas montañas son mi compañía, las claras aguas destos arroyos mis espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y hermosura”

Marcela.  El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Capítulo XII.

Mucho, muchísimo, antes de que aparecieran las primeras sufragistas ya existía Marcela. Cervantes ya había hecho aparecer a la pastora que luchaba por sus derechos. Aquella que decidió salir con sus cabras, vivir en soledad, compartir su sentir con el campo, los árboles y el viento. La que decidió que su belleza y su frescura no eran para el disfrute de un hombre, porque ella así lo decidía. La que reivindicó su condición ante la acusación del suicidio de Grisóstomo, quien no pudo aguantar sin el amor de la joven castellana. Don Quijote fue entonces quien entendió la opción de vida de Marcela, la pastora que decidió dedicarse a sus animales y no a lo establecido por el hecho de ser mujer. Fue Miguel de Cervantes quien ya introdujo en su obra a la mujer que decide, el que hizo gritar a Marcela cómo quería vivir. El que pareciera un discurso feminista temprano, ya en 1605, el primer grito de YO SOLO QUIERO SER PASTORA.

No hace falta revisar toda la literatura pastoril existente para reconocer la cantidad de pastoras que han conducido a cabras u ovejas por los valles. Sin ir más lejos, seguro que si muchos de vosotros revisáis entre vuestros ancestros las tenéis ahí. Yo tengo a mi tía, Felisa, quien desde bien pequeña fue pastora, tras serlo ya mi abuela. Y lo fue hasta que bajó del Pirineo. Ella también reivindicó su decisión de salir al monte, al sol, de no casarse, de no querer hijos. La pastora de casa Isabelana, la que aprendió el oficio junto a mi tío, la guardadora de rebaños que diría Pessoa. La que pasó días y noches al raso siguiendo su calendario zaragozano a rajatabla. La que llenó el morral de pan y descansó a la sombra de los árboles. La que esquiló a las ovejas, lavó su lana, la cardó y aprendió a hilarla de manera mágica con ese huso que aún conserva. La pastora que luego aprendió a tejer sus propios calcetines y los de sus hermanos. Esa pastora, la nuestra, la que sigue contando historias al cobijo y recuerdo de tantas lunas.


Toda esta introducción es porque Elena viajó hace unos meses hasta Arsèguel, pueblo del Pirineo catalán situado en la comarca del Alt Urgell. Es una zona famosa por su lana de oveja urgellenca y por su tradición acordeonista. De allí bajó hasta el llano de la niebla con dos madejas. Sin teñir, color directo de su oveja originaria. Una de ellas de ristras blanquecinas, la otra color chocolate. Lana que olía a oveja a la legua, al animal tras horas de sol ardiendo sobre su lomo, lana con olor a las manos de mi tía. ¡Cuánta historia en esos metros! Quién sabe si tal vez fue una pastora también la que pasturó ese rebaño, la que esquiló a las ovejas e hiló la lana que llegó hasta a mí.


La guardé porque esa fragancia merecía a alguien que la valorara de verdad. Y llegó Vic y se enamoró de ella. Junto con otra madeja de lana xisqueta que ya tenía, directa de Sort, decidí tejer para mi gatita. Dos clases de ovejas distintas, porque cada zona destinaba a sus ovejas para usos diferentes. El Alt Urgell se comía las xisquetas desmereciendo su lana, el Pallars Sobirà las pasturaba y esquilaba apreciando su pelaje como oro. Así decidí tejer conjuntamente esos ovillos, uniendo ambos valles y sus olores. Pensando en las ovejas de mis prados aragoneses. Cómo mi familia no solo aprovechaba su lana, sino que tras ordeñarlas también se alimentaban con su leche y con el queso resultante. Imagino a mi madre, con su vaso de leche de oveja ardiendo y lleno de nata, gracias al trabajo de sus hermanos mayores.


Como resultado de la labor un granny square gigante que huele a pastura una barbaridad. Calentita y rústica, hace a Vic la gatita más feliz del mundo entero. Recuperé el ganchillo que tantos meses hacia que tenía olvidado, apasionada por las agujas.  Y tejí, tejí y tejí ese olor a oveja que ahora impregna a Vic tras pasar horas envuelta en su manta. 


lunes, 26 de diciembre de 2016

Leer y ronronear

El gato: protagonista en múltiples relatos a lo largo de la historia de la literatura. Para muchos de nosotros también, el gato ha escrito cientos de páginas de recuerdos. En este año que dejamos atrás he despedido al que fue mi protagonista durante 10 años. Obi se fue y convirtió este 2016 en una tragedia no esperada, no pensada, ni imaginada jamás de los jamases. Se fue, y con él el felino hecho dulzura. Ya no está, pero sigue y seguirá escribiendo historia.

Quería que el último post del año del Atelier fuera sobre ellos. En memoria a mi panecillo, sobre todo a nuestras horas de lectura. A mis noches bajo la luz tenue de la lamparita y el arrullo de su ronroneo, mientras pasaba una página tras otra. Como yo ha habido numerosos personajes que han compartido sus horas de lectura y escritura junto a sus bigotes.  Conocida la pasión de Hemingway por sus gatos de seis dedos, y cómo no cesó en el cuidado de gatitos con la misma singularidad. Julio Cortázar también descubrió su conexión con ellos y desde el primer felino en su hogar no dejó de vivirlos y de hacerlos aparecer también en sus historias. O Bukowski, quien llegada la vejez se sorprendió por su adoración a estos cuatro patas y les dedicó múltiples poemas y relatos. No hace falta decir cómo el gato ha sido imprescindible en tantas obras como Alicia en el País de las Maravillas de Carroll, El gato negro de Edgar Allan Poe o en cuentos clásicos como El gato con botas de Perrault. Podríamos seguir haciendo la lista infinitamente.

Las últimas semanas The Guardian o El País han hecho sus selecciones de lecturas gatunas. Me ha hecho gracia por tener el post pensado hace un par de meses, pero igualmente os dejo aquí mi modesta lista. La selección se centra en mis tres títulos preferidos. Tres libros que me han hecho disfrutar del gato en estado puro. Tal vez no sean los mejores, no sean los únicos, pero son los míos. Lecturas que han hecho que las pezuñitas se adentren en las páginas y salten a la imaginación, páginas felinas escritas para amantes de los gatos y para aquellos que deseen conocerlos sin tenerlos cerca.




“Igual que un barco de vapor es incapaz de ponerse en marcha sin carbón, lo mismo le sucede a un poeta: no es nadie sin el frenesí mental causado por una buena subida repentina de sangre a la cocorota. Si, por alguna circunstancia, no consiguen que eso suceda, inmediatamente se convierten en seres corrientes y molientes sin otro quehacer en la vida que el de comer y quedarse de brazos cruzados mirando al techo”

Sōseki, Natsume. Soy un gato (2010)

El gato sin nombre que habla y habla por los codos, ¡hasta de los poetas habla!. Pero lo hace para nosotros, los lectores, y no para sus dueños. De ellos, eso sí, lo sabemos todo porque él nos explica el carácter, los hábitos, la vida y a su vez el reflejo de la sociedad japonesa de principios del S.XX. Una sociedad de la era Meijei con su filosofía de vida y sus contradicciones. El maestro amo del gato, el vecino empresario o el cómico. Sus charlas, sus trifulcas y la ironía que es capaz de captar el felino y relatar de la mejor manera posible. Un libro editado por Impedimenta de manera brillante y traducido a cuatro manos por Fernando Cordobés y Yoko Ogihara. Casi 700 páginas que la sumergen a una en la historia y hacen que la viva a través de la mirada del felino. Primer libro publicado por Sōseki en 1905, brutal descripción de la sátira burguesa de la época relatada por un sin nombre famoso en el vecindario. De esos libros que terminan y necesitas que siga explicándote, que no acabe nunca.

“Los gatos observan durante horas las criaturas, las actividades y las acciones que les resultan desconocidas. Si alguien hace una cama, barre el suelo, prepara o deshace una maleta, cose, hace punto…, lo que sea, ellos miran. Pero ¿qué verán? Hace un par de semanas, la gata negra y un par de gatitos permanecieron en medio de la habitación contemplando cómo yo cortaba una tela. Observaban el movimiento de las tijeras, el de mi mano, la forma en que yo amontonaba los retazos. Estuvieron absortos toda la mañana. Pero supongo que no ven lo que nosotros nos imaginamos. ¿Qué verá, por ejemplo, la gata gris cuando contempla media hora las motas de polvo en un haz de luz? ¿O cuando mira cómo se mueven las hojas del árbol al otro lado de la ventana? ¿O cuando alza la vista hacia la luna por encima de las chimeneas?”

Lessing, Doris. Gatos ilustres (2016)

Doris Lessing creció y se crio en una granja africana, paraje que le concedió la vida para descubrir y amar el carácter loco y aventurero de los gatos. En 1967 escribió la novela-autobiográfica Gatos ilustres y llegó a mis manos en su magnífica reedición de este año por Lumen. Digo magnífica porque es un libro de colección con encuadernación brillante e ilustraciones interiores de Joana Santamans. Narra las vidas gatunas que pasaron por sus años humanos. Sus primeros gatos en la granja, los salvajes. Sus gatas en Londres, su ir y venir, su criar, su observar. Su mirar con detenimiento las palomas, las motas de polvo, el movimiento de la luz. Ese ensimismamiento de los gatitos, que sabes que miran más allá. Que no solo ven donde apuntan nuestros ojos, ellos ven a través. Segura estoy y Lessing lo narra de manera mágica, como solo ella sabe hacerlo. 

“Ser capaz de este todo,
tener la vocación de este abandono,
la ausencia del gato,
la maravilla dormida de un felino al sol,
y el hueso de la músicametido en las entrañas.”

Jaramillo, Darío. Gatos (2005)

Este poeta colombiano escribió en 2005 un poemario, para la editorial Pre-textos, dedicado a los felinos. Un conjunto de versos sobre la divinidad de los gatos, sobre su silencio, su danza en la oscuridad. Seres enviados para ayudar a los humanos, para darnos paz, para aportarnos la música que nos enseñe a estar solos, como ellos. Tras leer este Gatos, una afirma en cada verso con la cabeza y no tiene dudas en decir que Jaramillo es su poeta gatuno.


Tres títulos, reseñados brevemente, por si alguien en la sala no sabe qué pedir a los Reyes Magos. Para mí es siempre una delicia poder leer historias que incluyan a estos animalillos en sus líneas. Páginas donde una vibre con el ronroneo, sienta su roce en las piernas, su caricia en la cara, esa mirada que te habla y te dice bien flojito: todo lo entiendo.
Acaba el 2016 y Vic ilumina mi mirada, tras la gran tragedia. Hay que instruirla para que sea junto a mí una gran lectora, tejedora, ronroneadora… porque la mirada de que todo lo entiende ya la tiene. 


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