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martes, 21 de junio de 2016

Nuestras reliquias

A menudo nos repetimos que las cosas solo son cosas. Y lo hacemos, como un mantra, para hacernos fuertes y ser capaces de desprendernos de ellas. Para hacer sitio, para que entren otras nuevas en su lugar, para volver a empezar… para eso también hay gente que se desprende de las cosas.

Los que me conocen lo saben, los que no ya os lo digo ahora: soy apegada. Y mi apego va de las cosas, a las personas, a las palabras y hasta al color del cielo en el que la vida se acontece. Soy así. Por ello mismo, recopilo muestras que hablan de mi pasado y del pasado de los míos.

Hace unas semanas Amaia, nos hablaba de sus 5 cosas y me vino a la mente este post. Recordar alguno de mis tesoros y compartirlo con vosotros. Narraros un poco su historia y que podáis imaginarlo y ponerlo en contexto.

Las reliquias nos sitúan en otras escenas, provienen de momentos en que ni tan solo había pensamientos de existir, nos ayudan a formar recuerdos y a indagar un poco más en ese árbol genealógico nuestro.

De niña muchas tardes merendaba pan tostado con mantequilla. Simplezas, para mí grandes delicias, que preparaban mis abuelos paternos, previas a toda una tarde a su vera. Recuerdo sentarme atenta ante el reloj de pared. Absorta mirando su péndulo con el plato de mi merienda en las rodillas. Ahí aprendí la dinámica de las horas. Con sus cuartos, su tic tac y la cantinela de sus horas en punto. Ahí me enamoré de ese sonido y desde entonces SIEMPRE he tenido en mi cuarto un reloj que hiciera tic tac. Siempre he necesitado esa música para relajarme y así poder dormir. Herencias.

Durante mis meriendas mi padrí cenaba en la mesa de la cocina. Cenaba casi a la hora de mi pan con mantequilla. Su pan con queso, queso del Pirineo catalán, siempre siempre. Todos atentos a las horas que nos brindaba la gran reliquia familiar paterna. El reloj. Este fue puesto en las herencias desde el primer momento a nombre de mi padre. Tanto a él como a mí nos fascinaba ese inmenso artilugio de bronce. Ese reloj que bajó de las montañas pallaresas y que lleva en nuestra familia cuatro generaciones. Sí, como leéis. Lo heredé yo en vida, ya es mío. Y aunque en estos momentos no tengo espacio para oírlo sonar, sé que algún día volverá a darme las horas y a traerme el olor de ese pan tostado mientras Modesto anunciaba los cuartos.

Esos son los vestigios que nos definen, los que escriben nuestra historia en base a esos recuerdos, a esas fotografías de nuestros abuelos a la mesa, ese olor del pan, ese sonar las cinco de la tarde. Esa necesidad más de treinta años después de escuchar el péndulo y volver al valle de dónde vino. Tesoros con más de un siglo en mis manos. Tesoros que han unido a un padre y una hija por un mismo amor. Amor a una música procedente de un legado familiar.

Igual que el reloj; la boina de mi abuelo materno, mi pastor, o el libro de canciones del colegio de mi padre o las sábanas bordadas por mi madre aun siendo una niña. Todo ello permanece conmigo. Los hay que dirán que tengo un Diógenes creciente, los que creerán que debo tratarme este apego desmesurado… Yo solo sé que son las trazas de mis ancestros que me hablan de dónde vengo.

¿Os llega ese tic tac? ¿Y el olor del pan? Buscad entre les vuestros y guardad algún trocito de historia. Tal vez los que vengan detrás también quieran saber… 

lunes, 13 de junio de 2016

Versos Bordados III

Bordar versos calma todas las mareas. Esta frase os la escribí hace justamente una semana. Es cierto. Totalmente. Como ya os dije en su día es todo un proceso que me reconforta soberanamente.

Decidir el verso, el hilo, la puntada. Releer, revivir. Esta es una edición muy especial de los Versos Bordados. Dedicada a aquellos poetas que han participado o lo harán en nuestra revista. Y es que hace un par de años que codirijo la revista de nuestro instituto. Prometo presentárosla en unos días.
Llegado, por fin,  el momento de tenerla en mis manos decidí que debía recompensar a “mis poetas” por su predisposición, su dulzura y su generosidad. Pensé que junto a la revista qué menos que enviar uno de sus versos bordados. Como recuerdo, como muestra de gratitud.

Así en esta tercera edición tenemos a Luis García Montero, Álvaro Tato , Elena Medel y Josep María Nogueras; que tan bonitamente se han prestado a mis deseos editoriales. Y tenemos a Ben Clark, mi querido Ben, que forma parte del futuro de la revista. Atrevida yo, dichosa yo de que tenga la revista en sus manos.


Todo versos fotografiados y bordados por mí, menos uno. El de Josep María Nogueras que es una foto suya. Una foto maravillosa de un campo en el que comparten espacio y cielo margaritas y amapolas. Me prendé de ella. Busqué uno de sus versos inéditos y le bordé su principio. A la espera de su publicación. 


La lenta luz, el amor y este saberse eterno bajo el sol nuestro de la mañana.” 
(‘Cielo claro. Apuntes’). Josep Maria Nogueras.

Junto a mis poetas agradecí, hilo en mano, a mi asesora particular. Mi nueva luz, mi abre puertas, mi animadora de habitaciones oscuras. Anna Sàez está ahí, al amparo de la desilusión y con el teclado cargado de recuerdos y de buenos amigos. Siempre que identifico a alguien especial: abro el costurero, saco el dedal y aseguro la puntada. Para Anna, mi escritora, bordé a Mosquis. Para que ella y Sara lo tuvieran bordado y les llegara también mi gratitud. Gràcies, bonica!
Bordar papel es otro mundo y esta vez me aventuré con el hilo metalizado de Anchor. ¡Qué Odisea! Son unos hilos dorados, plateados, relucientes, preciosos. Preciosos pero difíciles de manejar con la aguja en el papel. No son aptos para puntos demasiado cortos ni para cadenas ni ondulaciones. Se rasga el metálico y no hay manera. Era la primera vez. De todo aprende una.

Estrenaba también mi nueva impresora para fotos. Exclusiva para mis versos bordados. Ahora cada verso que enamore a mis hilos podrá ser impreso en un suspiro y atacado por mi aguja. ¡Todo un lujo! Se trata de una Selphy de Canon, que aunque sea una maravilla que funciona por wifi perfectamente, tan solo tiene el problema de la medida del papel. Este no se ajusta a la medida habitual de mis fotos, por lo que hay que retocar. Nada sin solución.
Fotos hechas entre libros, entre algunos de sus libros. Y es que como he empezado el post lo termino. Bordar versos calma mil mareas. Creedme. Leerlos, interiorizarlos, apropiarse de ellos, dejarlos reposar… y finalmente darles vida con el hilo. Acariciarlos con la aguja como hicieron los poetas en su día con la tinta.

Gracias, mis poetas, Luis, Álvaro, Elena, Ben, Josep María, Anna. Estos versos abandonan el barco y navegan hacia vuestros puertos. 

lunes, 6 de junio de 2016

Los conejitos de Lanukas

Ya os dije que se había acabado el tejer para los demás. Que los encargos habían llegado a su fin. Que tan solo tejería para mí y para los bebés que fueran amaneciendo en mi vida. Con esa idea sigo. Tejer para mí está siendo casi imposible hace unos meses, tal vez porque también he descubierto que bordar versos calma todas las mareas.

Cuando supe que llegarían Lucía y Adrià casi a la vez, decidí que había llegado la hora de tejer los Rabbit de Lanukas. ¿Cómo puede ser que aún no lo hubiera hecho?
Que las mamis fueran amigas entre sí y del mismo grupo hizo fácil mi decisión de tejer los conejitos bípedos. En rosa y verde. Utilicé una vez más el hilo SUR de Lanas Stop y seguí el patrón de Lucía. No hay pérdida y da como resultado un regalo perfecto.
Descubrí en Katia Lleida un sonajero para amigurumis enloquecedor. ¿Por qué? Porque es grande como para no poder salir por un punto y por tanto imposible de sacarlo fuera y porque tiene un sonido bonito, agradable y musical.
video

Ya están entregados y descansan en sus cunitas respectivas junto a sus dueños. Manitas pequeñas que los abrazan y amanecen juntos día tras día… shiiiiisssttttt que duermen…
Gracias a los papis de Adrià que me han dejado colgar esta última foto. Hecha con el móvil en un momento de placidez entre tomas, medio a oscuras y en silencio… pero tan, tan, tan dulce. 
Gràcies

lunes, 30 de mayo de 2016

Mis pastores

Prados de Bestué (Huesca)

Leer a Bernardo Atxaga me transporta a mis ancestros. Nieta y sobrina de pastores. Pastores reales, dedicados en cuerpo y alma a sus ovejas. Escuchando historias como las que él cuenta en sus libros de la mano de los míos. Historias de otros pastores, historias de sus queridas ovejas, de sus perros cómplices. Del momento trashumancia, ese viaje acompañados de cientos de balidos poniendo música al camino. Viviendo mi infancia entre zurrones y calcetines de lana. Lana de sus propias ovejas, de nuestras ovejas.

Mi abuelo Joaquín tenía cara de pastor, manos de pastor, alma y corazón de pastor. Y todo ello lo heredó mi tío Joaquín. De él llegaron a mí las historias bajadas de la montaña aragonesa. Las de mi abuelo me quedan lejanas, como soñadas. Las de mi tío son nítidas, vivas; aunque él tampoco esté ya para seguir contándome. Hace más de un año que no está y aún hay días en que cojo el teléfono para llamarle y buscar historias nuevas. Contarle las mías. Y no está.

Leyendo a Atxaga estas semanas tengo a mis Joaquines más vivos que nunca. Su lectura vuelve a transportarme a los valles donde pacían nuestras ovejas. A los pastores de las historias de mi tío. A la sensación de soledad, de tranquilidad, de complicidad con el silencio que él tenía también. Puede ser que para cualquier otra persona ajena a ese mundo, sea tan solo una lectura bonita. Para mí es un revivir, es un volver a esos prados que os enseño e imaginar a mis pastores.

Conservo conmigo calcetines de mi tío tejidos con esa lana. En mi armario descansa la boina que mi abuelo paseó bajo esos cielos de pasto. Tengo entre mis tesoros cencerros que sonaron por el Pirineo aragonés guiando mil vueltas a casa. Historias de trifulcas por animales, por tierras, por engaños, por amistades… guardadas en la memoria familiar. Esa que deberá pasar de generación en generación para no olvidar jamás que descendemos de pastores. Tal vez por ello hayamos heredado, también sus nietos, ese amor por el monte, por el verde, por el silencio de estar ahí arriba casi tocando el cielo mientras suenan los badajos…

lunes, 16 de mayo de 2016

Recuerdos y presentes de trapo

De pequeña tenía una muñeca de trapo. Con los ojos, la naricilla y la boca bordados. Con su pelo marrón, todo de lana, colgándole sobre los hombros. Llevaba un vestido de flores y un delantal. No recuerdo su nombre, aunque durmiera conmigo tantos años y estuviera sobre mi cama hasta el día en qué me fui de casa. Sigue allí, en alguna caja amontonada de recuerdos. La buscaré.

Sabéis de mi afición por las muñecas. Vitrina llena en mi actual salón. A mis edades, sí. Me fascinan, qué le vamos a hacer. A estas alturas ya deben ser almas que me sorprendan, exigente que es una ya. Y Elena, mi súper E, lo ha logrado otra vez.

Martina dibujó a Obi de nuevo. Cómo me gusta ver a mi gatito a través de sus ojos. Si recopilara todos sus dibujos en estos años que Martina lleva en mi vida, podríamos ver cómo ha evolucionado su visión de él. Cómo ella ha crecido, cómo se ha convertido ya en una mujercita sin dejar perder su magia, eso sí. Esta vez me ha llegado un Obi fabuloso, como siempre.
Después de abrir el pergamino del dibujo vino el paquete de mi Helen. Su cara era expectante. Yo no tenía ni idea de la sorpresa que aguardaba bajo un papel totalmente gatuno. Un Obi de trapo. Maravilloso. El dibujo de Martina, el exacto dibujo de Martina, convertido en muñeco de trapo. Idéntico. Resulta que Fraskilandia, una ciudad fabricada en las nubes, se dedica a transformar los dibujos de los más peques en seres de trapo. Odil crea recuerdos para toda la vida con retales de tela. Da vida a trazos de rotuladores de colores, a líneas inacabadas y a otras que traspasan los límites del lápiz. Como Frankenstein dota de corazón a seres que saltan del papel.

Está clavado al Obi de Martina. La tela escogida es preciosa y cada detalle está cuidado al milímetro para seguir el dibujo en cada trazo del lápiz y del color original. ¡Es magia! Será verdad al final que estoy rodeada de magas.

Es cierto que soy sensible hasta la luna. Pero me parece un regalo tan y tan bonito que no dejo de mirarlo. De recordar a mi muñeca de trapo y ver que ya tengo de nuevo otro trocito de tela con recuerdo. Con la huella de Martina y Elena, con su cariño y su fuerza.
Anotad su web y su Facebook, no perdáis la oportunidad de sorprender a alguien con ello. Pequeños o adultos, de verdad que vale la pena ver la magia que hacen estas chicas. Convierten una ilusión en un recuerdo para toda la vida. En su web podéis ver alguna de las maravillas que se han sacado de la chistera y algunos vídeos de los procesos para que acabéis de alucinar. Gracias, Fraskilandia.

I sobretot, gràcies boniques meves per no deixar de recordar-me quant m’estimeu i la sort que tinc de tenir-vos.  
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