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martes, 18 de abril de 2017

Diarios. Swapetines 2017 (IV)

Me gusta entender la vida así, cosida por un hilo invisible que entrelaza relaciones caprichosas pero posibles, no forzadas por fantasías a las que tan aficionados son algunos literatos sino basadas en coincidencias reales.
Elvira Lindo. Noches sin dormir (Seix Barral 2015)

Como decía la escritora en su diario desde Nueva York la vida es eso: un ir y venir de coincidencias que nos van aportando nuevas relaciones, conexiones, recuerdos duraderos y ataduras en el aire que aun sin saber cómo quedaran con nosotros para siempre. Eso es también el swapetines. Así Graciela se ha convertido en esa nueva tejedora en mi vida cosida por un hilo invisible.



El intercambio se convierte en un diario personal en el que durante dos meses relatas el día a día de tus avances, lo compartes con la persona asignada y esta se convierte en esa relación caprichosa del destino. Sí, es como escribir un diario. Siempre he escrito el mío, a temporadas cierto, porque hay épocas en las que mejor dejarlo dentro, centrifugarlo y no escribir lo que no quiere ser leído. Desde niña me ha encantado leer esos diarios novelados que tanto se asemejan a los que podemos escribir nosotros, salvando las distancias. Narraciones simples y sinceras de la rutina, de la cotidianidad más verdadera, de los sentimientos que emergen con las pequeñas cosas que nos ocurren y que analizamos en esas páginas como grandes descubrimientos. Un olor que nos sorprende, una frase que nos regalan, una mirada furtiva que cazamos posada en nuestros ojos.

Entre mis últimos diarios está el de Lindo, explicando su vuelta a casa tras su estancia en Nueva York. Sus últimos meses allí transcritos de la manera más embriagadora posible. No me creería que alguien lea Noches sin dormir y no se despierte en él un deseo irrefrenable de ir a la ciudad de los rascacielos. Tanto me gustó que conseguí hace pocas semanas la primera parte. Curioso ha sido que justo el anterior con el que me deleité fuera el Diario de Juventud de Zenobia Camprubí, también en Nueva York. Día a día escribiendo del olor de las flores hasta la ropa por doblar. Como nosotras pasada a pasada del elástico al talón.

Graciela ha sido mi sorprendedora. Me ha cuidado durante estos meses y ha escrito con ese hilo invisible un diario Swapetines precioso. Los calcetines tejidos impecablemente son una delicia. Patrón de rombos que demuestra que me ha estudiado bien, sabiendo que son mi predilección en el tejido. Una lana maravillosa de Rowan, unas agujas Simphonie, una taza gatuna, una libreta de labores, manjares asturianos… y más. Agradecida es poco y feliz y risueña que me ha dejado esta tejedora. Por eso digo que cada edición trae consigo a alguien para siempre, cose ese hilo indestructible que te hará decir: Sí, fue mi swapetina.

Edición terminada como quien acaba un diario y debe empezar otro. Con fecha distinta, con destino cambiado, nuevos aires, sentimientos encontrados y personas a las que integrar en ese entramado de relaciones. No dejar de compartir lo vivido y lo hilado, de tejer para sorprender y de agradecer a Graciela su generosidad y a Pilar su ilusión. Y escribirlo siempre. Como decía Lindo: “Nunca he dejado de escribir. Es un consuelo, un vicio, una manía, la única manera que conozco de ordenar el pensamiento. Es como rezar. Es un oficio.


lunes, 10 de abril de 2017

El silencio del padre

Henri Cole ya habló en su Mirlo y Lobo del anhelo de un hogar donde el amor no hubiera sido profanado, donde fuera ese amor quien inclinara el vaso. Ya nos presentó entonces a un padre sin afecto que le enseñó a remediar la soledad mediante ese vaso lleno. He recordado al poeta estos días, tras la lectura de dos poemarios de Sharon Olds. La figura del padre, presente en los versos de ambos, pero ausente en la vida física fuera del papel, por su vivencia real más allá del ideal familiar. Ausencia tan natural como un bol de lilas, de las que se espera la frescura y el olor, como cualidades innatas igual que la desaparición paternal.

Descubierta la poeta americana a través de Los muertos y los vivos y El padre. Escribiré este post como necesidad y como recomendación de lectura, pero intentando que no aflore completamente todo lo que han generado en mí sus palabras. Cuando topas con versos como estos; dolientes, desgarradores, que te hacen parar y releer, sabes que siempre quedarán al amparo de un momento de necesidad. Lo mejor es cuando su lectura te lleva a otra relectura, como a mí me ha traído la urgencia de Cole de nuevo.


Olds transmite con la herida abierta. Escarba en la herencia de un abuelo a un hijo, que luego será el padre que malvive, que ha aprendido del dolor y así logra transmitirlo. El silencio, la oscuridad, la rutina del sigilo, de los ojos cerrados, del terror. De la madre que quema porque no sabe sobrellevar ese miedo, lo cual tan solo hará que no puedas salir indemne de las llamas, que no puedas nunca conciliar el sueño reposado.

Sus poemas son breves capítulos de vida. Pequeños relatos continuados de los años junto a su padre. Un padre ausente, fantasma, silencioso. Para el que llega un día en que reclama a esa hija olvidada, no querida y hasta entonces no necesitada. Punzante vivencia de un libro a otro. Un descubrir la dolorosa infancia y un final agónico en que la enfermedad le hace débil, vulnerable y dependiente. Y ella tras una vida sin él, precisa de ese aliento, le urge que respire aun deseando que se vaya, que cierre el olvido cuidado tanto tiempo.

El vacío sobre el vacío una vez muerto. La despedida deseada que ahora duele. La contradicción que rige la vida como otra norma no escrita. Porque se debe padecer la muerte de aquellos que están aquí, aunque no lo hayan estado nunca. Como tantas veces necesitamos creer que han muerto en vida, sabiendo que respiran. Narra la mortaja, el crematorio, las cenizas, la cuenta de los años sin él. Ya no está como nunca estuvo. Y todo eso tan solo lo entenderá quien ha tenido una relación paternal tan similar, quien ha vivido el silencio, el temor y el anhelo de un cambio constante. La acompaña a una siempre, Sharon explica cómo afecta eso a tener sus hijos propios. Quién sabe…herencias de vida.

Su lectura ha venido acompañada, como siempre, de la paz de las vueltas del hilo. Porque el tejer amansa, porque el tejer fija los versos a fuego. En cada pasada hay un recuerdo, una frase distinta, una vivencia que permanece con el paso de los años. Cada libro con su labor a juego, con su espacio, su luz, el sentimiento y la lágrima generada, el compañero de lectura adecuado para compartir la historia, el que pone la oreja y deja caer las palabras con el cariño que una espera.


lunes, 3 de abril de 2017

Abril venía...

Leer poesía es como convertirse en abeja polinizadora. De poeta en poeta, picoteando. De flor en flor, asimilando versos, absorbiendo el sol. Cuanto más polen, más palabras, más brillo. Más queremos. No se trata de quedarse con uno, se trata de no parar de descubrir. Elvira Sastre ya lo había dicho con anterioridad, pero nos lo repitió, esos saltos de Bécquer a Prado o a García Montero, hacen que una se reconozca en los versos, aprenda a leer, a escribir, a interpretar… porque las distintas voces dan luz a cualquier página aún a oscuras. Siempre tendremos poesía para darle al interruptor.

Recuerdo cuando nos dijeron en clase que debíamos recitar un poema de memoria, el que quisiéramos. Yo elegí a Juan Ramón Jiménez. Contaba con dieciséis años. No tuve ninguna duda, en ese momento, de que mi poema sería Primavera amarilla. Me fascinaba el amarillo desde las flores a los huesos de los muertos o las manos de Dios. Me parecía que Juan Ramón hacía magia con el color, que ese poema no tan solo tenía la musicalidad y el brillo, sino que le daba el tono exacto a los sentimientos. Cómo podía no rendirme yo a un dorado despertar de vida en exclamaciones de amarillo. Cómo podía dejar pasar esa canción, aparentemente alegre y primaveral, pero que ocultaba a su vez esa melancolía que yo ya sabía reconocer. ¡Cómo!?



De Jiménez, salté a Machado, a Lorca… de ahí a Cernuda y necesité a Baudelaire o Kavafis… para no parar ya nunca más. Recordar los primeros versos leídos en público, rememorar a esos poetas iniciales con cariño; hace pensar en los chicos que tenemos en las aulas. Desear que ellos también tengan sus saltos, de poeta en poeta y tiro porque me toca. Que configuren su propio juego de la oca, sin pozos ni cárceles que alejen los puentes. Tratar de iluminar su camino para que sean ellos quienes elijan sus estrofas. Tal vez lo sean las de Elvira Sastre o Andrea Valbuena, las que hayan encendido la mecha a la poesía de sus vidas. Y de ahí, tras La soledad de un cuerpo acostumbrado a la herida o Mágoa, necesiten más versos que les hablen y deban buscarlos en nuevos poetas, poemarios distintos. Quizá no empiecen por la Generación del 27, ya llegarán a ella. Los tiempos han cambiado, las redes, la rapidez, la proximidad, hace que poetas como Elvira o Andrea se hagan hueco en corazones grandes y pequeños, con la magia de entender lo que nos dicen, de emocionarnos porque nos identificamos y podemos extrapolar lo que sentimos a sus páginas. ¿Imagináis haber podido coincidir con el Instagram de Juan Ramón? ¿Hubiera dedicado sus fotos a Zenobia? ¿Habría compartido las flores que le llevaba Marga todos los días?

Por todo ello, porque la vida evoluciona, porque ya no huele a naftalina ni a laca a borbotones. Porque la modernidad se adueña de todo, me parece ridículo escuchar que si no se empieza leyendo a los clásicos no vale. Que si este o aquel no hacen poesía, no cumplen normas, no son rigurosos, no son poetas. ¿Quién certifica que uno escribe o no poesía? Si es leído es válido. Si consigue despertar las mariposas, ver los unicornios, saltar la lágrima, necesitar más, ya cumple el objetivo. Si lo leo y me siento identificado es que lo han escrito para mí.



Lo importante y memorable es empezar a leer y desear no parar. Saltar de uno a otro, solicitar más nombres, idiomas, temáticas distintas. Hacer que la poesía esté presente por decisión propia, que un buen día despierten y les vengan unos versos a la cabeza porque sí. Que depende de cómo se sientan puedan escoger un poema u otro que explique eso mismo, ese día sabrán que la necesitan. Ese día reconocerán que deben seguir el camino del sol que unge de amarillo el mundo… tan solo ese día.

Aprender a leer poesía, entenderla, escribirla, desearla. Enseñar a hacerlo a los que vienen detrás. Aunque sean abismos los primeros versos, aún más complicados que las peores fórmulas matemáticas. Aproximar esos mundos metafóricos, esos sueños escritos a través de lenguajes más apacibles. Empezar por la modernidad, tal vez Benjamín Prado o García Montero antes que Garcilaso. ¿Por qué no? Sin desmerecer a De la Vega, ya iremos a él luego cuando deseemos impregnarnos de todo… Leed poesía, desde quien queráis, pero teniendo preparada la cama elástica para dar el salto al siguiente.  Siempre preparados al color que pueda daros…

Abril venía, lleno
todo de flores amarillas...

martes, 28 de marzo de 2017

Carta de una tejedora

Pero ¿Quién te enviará ahora las rosas blancas por tu cumpleaños? Ay, el jarrón estará vacío. Ese pequeño halo de mi vida que te llega una vez al año, eso también se irá. Amor mío, escúchame, te lo suplico… es la primera y única cosa que te pido… hazlo por mí, cada cumpleaños, ese día que uno siempre piensa en sí mismo, coge unas rosas y ponlas en el jarrón.
Carta de una desconocida. Stefan Sweig.

La desconocida vivió por él. Desde sus trece años estudió su olor tras la mirilla, su mirada desde el otro lado de la calle, el tacto de sus libros en la imaginación. Lo perdió de vista años después, tras parte de su adolescencia pensándole. Siguiendo sus pasos en la escalera, ideando los diálogos que le hubiera gustado mantener, aquello que le hubiera gustado decir y compartir con él. Y aunque lo tuviera a su lado en la almohada en tres ocasiones mucho más tarde, él nunca estuvo con ella. No la guardó en su memoria, ni habitó su recuerdo, ni pasó a formar parte de su álbum. Jamás. No supo verla, cuando ella ya soñaba con él desde el primer día en que lo vio en el rellano.

Siempre me ha parecido asombroso aquel que consigue mantener una sorpresa con el paso de los años. Aquel que no necesita que le den respuesta para mantener ese halo de misterio. Para arrancar esa sonrisa, para que el otro lado espere ansioso el deslumbramiento que sabe que debe llegar, como siempre. El escritor, en el libro de Sweig, tenía cada año sus rosas blancas. Todos sus cumpleaños tuvo el ramo de la desconocida. Lo esperaba sin saber de quién era, pero ese día anhelaba el jarrón lleno. Una tradición de la mano de un fantasma. Aparición de alguien que vivió amándolo sin contraprestaciones, sin miradas de cariño, pero que quiso estar sin estar cada aniversario.


Sweig relata siempre de la manera más simple, a la vez que punzante, aquello que hiere. No son historias felices, debería llevar el código de contraindicaciones para los sensibles. Pero su prosa te embarga y emociona, y lloras sin poder evitar estar ahí, dentro del relato. He vuelto a releerlo tras recibir la sorpresa de Sigrid. No se trata de la misma historia, pero sí de la sorpresa. Sí de ser yo en este caso quien no esperaba, quien ha estado a la sombra mientras ella tejía para mí. Como la desconocida vivía la vida del escritor, mientras él ni la pensaba.

Sigrid tejió para mí los Northern Socks, así porque sí. Porque quiso, porque le apeteció sorprenderme, alegrarme, porque quería arrancar mi sonrisa y ya. ¿Nos conocemos? No, no nos hemos visto nunca, somos conocidas online. Tejedoras que comparten su día a día lanero, más el resto de vida que viene detrás. Y ella, aun así, quiso fascinarme y que flotara. Floté. Me conocéis. Me recordó cuando Sonia el año pasado tejió para mí, también porque sí. Este año, casi en las mismas fechas, se repite la recepción de los calcetines más bonitos jamás tejidos. Ahora tengo los dos pares más hermosos, perdonadme tejedoras. Y con ellos vuelvo a creer en lo bonito del online. En que hay gente al otro lado del espejo que emplea su tiempo en sorprender, que teje para alegrar la vida a los demás, que crea lazos para siempre. Lazos con hilos de lana de Zaragoza a Lleida.



Enfundados en mis pies son calcetines perfectos. Un fair isle alucinante que dejaría a cualquiera con la boca abierta. Milimétricos, cariñosos. Llenos de una dicha que consiguió hacer magia un día gris, como siempre consiguen las sorpresas. Las postales, ¡de las mejores! Recordé también las Dos letters de Atxaga, donde Old Martin recibe los dos sobres desde su Euskadi natal. Sorpresas en forma de carta que, digan lo que digan, nos hacen levantar una ceja, asombrarnos y disfrutar de la ventura que nos visita.

Asombrada, feliz y afortunada por el regalo de Sigrid. La llegada de sus calcetines ha hecho que relea dos de mis libros, y eso ya es meritorio para mí. Ahora, consejo aquí de la esperadora de sorpresas, tened siempre las rosas blancas en el jarrón. Sorprended gratamente, y dejaros sorprender, disfrutando siempre de quién os brinda la sonrisa. Cuidándole, no dejéis que se convierta en invisible.

… algo le atravesó el alma y pensó en aquella mujer invisible, etérea y apasionada como el recuerdo de una lejana melodía.”


lunes, 20 de marzo de 2017

Recetas. Swapetines 2017 (III)

Una inmensa nostalgia se adueñaba de todos los presentes en cuanto le daban un primer bocado al pastel. Inclusive Pedro, siempre tan propio, hacía un esfuerzo tremendo por contener las lágrimas. Y Mamá Elena, que ni cuando su esposo murió había derramado una infeliz lágrima, lloraba silenciosamente… la única a quien el pastel le hizo lo que el viento a Juárez fue a Tita…
Esta nunca pudo convencer a Mamá Elena de que el único elemento extraño en el pastel fueron las lágrimas que derramó para prepararlo.

Como agua para chocolate. Laura Esquivel

Tita estaba convencida de que aunque siguiera a rajatabla las recetas, paso a paso, siempre había un ingrediente extra. Uno que no podía evitar que se colara en los caldos, guisos o pasteles, su estado de ánimo. Hubo días en que sus comensales sintieron una tristeza inconmensurable; otros, un fuego y un deseo para los que era necesario el ser amado sin excusas, avivar la llama para luego apagarla. E incluso ocasiones en que ninguno de ellos escapó de pensar en su amor perdido, todos y cada uno de los comensales a la vez, tan solo ingiriendo el brebaje de la olla. Ese ingrediente no estaba en la receta, nunca lo estaba.


Tejer los swapetines mientras leo la historia de Tita y Pedro ha sido un seguir en mi camino del tejido en la cocina de esta edición. He disfrutado con los guisos de la mexicana que tan bonito escribe Esquivel. ¿Cómo podía seguir yo sin esa delicia de lectura? Cada capítulo, coincidiendo con un mes del año, se inicia con una receta. Plato que guisará Tita durante esas páginas, digna heredera del arte culinario generación tras generación. Recetas reales que acaban explicando la trama e incorporando los sentimientos en la masa, en el revuelto. Comidas especiales, significativas en el momento narrado, conductoras de la historia desde la lista de ingredientes hasta llegar al plato.

Nacha se le aparece a Tita para dictarle recetas al oído, también se aparecía mi abuela para susurrarle a mi madre. Recuerdo la carpeta de recetas de casa. Repleta de notas escritas a mano con las más variopintas reseñas. Las más antiguas escritas de la mano de mi madre. Esa letra delicada y ligada tan reconocible para nosotros. Con los años empecé a escribirlas yo. Mi madre dictaba. Y en muchas ocasiones rectificaba los ingredientes ya anotados, porque la abuela también le musitaba al oído cuando ya no estaba. Ella me decía: “cambia eso, la yaya decía que eran dos huevos y no tres. Apunta: 2 huevos.” Me encantaba ver cómo modificábamos las recetas de los libros, de las revistas o de los programas de cocina, según la versión de antaño de mi abuela. Versión que era recordada con sus propias palabras apareciéndosele a mi madre. Como Nacha a Tita, igual. Debieron ser mis primeros escritos, tal vez. Aún se conservan en la carpeta de recetas. Nuevas versiones escritas por nosotras con la intención de no perder el legado culinario de las montañas en cuanto a ingredientes y a procedimiento se refieren, claro está.


Como agua para chocolate me ha sorprendido gratamente, y es que como ya van algunos posts, la cocina ha creado lazos familiares indestructibles. Recetas han pasado de madres a hijas como un tesoro, como parte del ajuar bordándolas una a una, como si fueran testamento. Listas de ingredientes secretos que fluyen con el paso de los años como vínculos de consanguinidad. Como si fueran fórmulas mágicas para las que tan solo, nosotras herederas, tenemos la varita. ¿Quién no ha dicho nunca que las lentejas de su madre son las más buenas? Porque sabemos de algún paso que las demás no harán igual, seguro, porque sabemos que existe algún mejunje que los otros no conocen, porque estamos convencidos del sentimiento con el que han sido cocinadas y, por lo tanto, qué nos transmiten con ellas.

Todo son recuerdos que nos llevan tras la cortina de la cocina. Memoria de la estufa de leña, del rayo de sol que atravesaba la ventana a pie de calle, el tic tac del reloj siempre colgado y contando el minuto exacto en que debía arrancar a hervir. Y mientras, la receta que expresara cómo se sentían una vez más mis mujeres, mis antepasadas y la yo futura. Bien apuntaba ya Sonia San Román.

La imagen del techo
formando un triángulo de crema con la puerta
mientras me abrazas al mediodía.
La cazuela de barro burbujeando salsa verde y pescado.
La sopa de cebolla haciéndole los coros.
El gato con ansia de caricias.
La mesa puesta.
La casa caliente.

(Y las ganas de llorar).

Como Sonia, lo dijo Sara: la herencia de nuestras mujeres tristes, esa herencia que queda y se transmite en la cocina. Herencia que queda escrita para siempre en todas las carpetas de recetas repartidas por doquier. 


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