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lunes, 26 de junio de 2017

Páginas marcadas

Recuerdo el día en el que leyendo un libro de mi madre sobre el Pirineo, siendo yo adolescente, encontré entre sus páginas una flor de nieve prensada. Nunca había visto una flor similar. Tenía una magia de terciopelo que me dejó pasmada. Le pregunté y me dijo que venía justo de los lugares de los que hablaba el libro. Que era un recuerdo, ahí guardado entre las fotos en blanco y negro de sus prados. Sus palabras aún engrandecieron más mi asombro haciendo que considerara esa flor como un legado, un olor traído de sus montañas, un regalo familiar que permanecería para siempre entre esas páginas cómo ella había dispuesto.  

Ese suceso generó en mí dos pasiones a partir de ese momento que me acompañaron muchos años. La primera fue convertirme en una prensadora de flores sin freno. Empecé a querer guardar los campos en mis libros. Recoger, recoger, recoger... y aprender las mejores técnicas para que no cambiaran demasiado su color, para que quedaran casi perfectas una vez perdida su frescura. Entre periódicos y bajo todos los diccionarios y enciclopedias de la casa guardaba yo mis tesoros. Sin tocarlos. Esperando el tiempo preciso para desmontar la construcción y descubrir el resultado. Luego repartía las flores en mis libros. Aún hoy, esas páginas de entonces, esconden los campos que en su día fueron mi escenario. 





Por otro lado, empecé a utilizar, de la misma manera que las flores, elementos de lo más personales convirtiéndolos en marcapáginas. Fotos, postales, publicidad, etiquetas de mis prendas de ropa... Marcadores para recordarme dónde dejaba mi lectura y que normalmente en finalizarla quedaban entre sus páginas. ¿Por qué? Porque eran o se convertían en su propiedad. Esa tradición, o esa rutina lectora, hizo que cada libro fuera un pequeño diario. Ahora puedo abrirlos y encontrar la etiqueta de mi bañador preferido, entradas a parques nacionales, tarjetas de visita o alguna que otra postal. Quedan ahí para recuperar el momento mientras el cual viví esa historia concreta.  

Ya no prenso flores, ni guardo recuerdos entre las páginas de los libros. Ahora leo con un lápiz a mano y necesito un punto de libro que me sirva para subrayar con precisión. Es cierto que en mis lecturas poéticas queda mi nota de color en la primera página con mis “escogidos”, una lista de páginas, de momentos álgidos de mi paso por ellos. Y aunque pueda utilizar postales o fotografías entre páginas durante la lectura, ya no tengo por costumbre que queden ahí.

Pensé en la importancia del punto de libro para los buenos lectores. Para los que este no se escoge al azar, nunca. Cómo los primeros fueron hilitos de seda en los tomos religiosos y después, en los períodos de entre guerras (I y II Guerra Mundial), empezaron a usarse elementos publicitarios. Me dije que sería un buen regalo para los miembros del club. Bordar para ellos marcadores personalizados que detuvieran su lectura hasta la vuelta a las páginas. Convirtiéndolo así en una buena guinda al pastel en terminar el curso. Escogí las pegatinas de La Barbuda Shop para ilustrar sus postales y luego bordé sus nombres con hilos DMC. Para detener sus historias con recuerdos, como hacia yo antaño. Para trasladarles un poco de esa nostalgia y agradecerles las horas, la ilusión, sus síes constantes y las sonrisas ofrecidas. Han sido lo mejor del curso, sin dudar, y ahora tienen su marcapáginas para no olvidarlo. 



lunes, 19 de junio de 2017

Equilibrio

En 2004 fue Premio Planeta un libro que empezaba con una canción de Los Secretos, Soy como dos. Eva le explicaba a su hija recién nacida, a partir de su contradicción a los 15 años con este grupo, de dónde venía, su familia, el futuro, el paso del tiempo y cómo se sentía una doble persona con ella. Milagro en equilibrio de Lucía Etxebarría fue el primer libro de esta autora que cayó en mis manos. A mis 23 descubrí cómo Lucía era capaz de escribir a Amanda, de explicarle los errores de sus padres y su lucha por contradecir esa herencia irrevocable al fracaso que le auguraban. Recuerdo perfectamente el último párrafo del libro, como si lo hubiera leído ayer y ya hace 13 años. Una magnífica declaración de intenciones, de reconocimiento del camino hacia la crianza, de reflexión sobre el ejemplo vivido, una batalla constante por superar el modelo recibido. Desde ese libro no dejé de leer a Extebarría. En mi biblioteca están todos sus títulos, uno tras otro, porque sé que ella llega donde no lo hacen otros, dice lo que la mayoría no se atreve. La emoción, el sentimiento, el desgarro en palabras, el arrepentimiento, la pasión, la intensidad; la definen. Por todo eso la leo, sin dudarlo.


Siempre me ha interesado la temática madre-hija porque la considero una de las relaciones más difíciles. Me gusta ver cómo las escritoras relatan sus vivencias y se acercan tanto, tantísimo, a las mías, y supongo que al resto de hijas. Lectura como hija, claro está, y no como madre. Si debo elegir títulos me quedo con otros dos. Con mi madre de Soledad Puértolas (2001) y También esto pasará de Milena Busquets (2015). Ambas relatan la despedida de sus madres. La vida tras el adiós, el derrumbe, aunque la muerte esté anunciada, pero que siempre nos coge por sorpresa. El aprender a vivir sin ella, el recordarla y saborear de memoria sus palabras. La primera se centra en reconstruir el recuerdo, en dejar escrito el legado de cada momento a su lado. Su propósito de resistir en la vida. La segunda es más un vivir en el después, porque es más fácil mantener las distancias de los vivos que de los muertos. Blanca, apasionada por la vida, por entregarse a amar sin prohibiciones. Por vivir y dejarse llevar por las calles de Cadaqués, porque su cuerpo, su corazón y su intensidad son suyas. Un después nostálgico pero cargado de deseo, el ímpetu de no perder ni un minuto. Todo pasa, dicen, aunque ya nunca vuelva a ser mirada por sus ojos.

A lo largo de la historia son múltiples, y recurrentes, los títulos dedicados a las familias. A los intríngulis de esas relaciones obligatorias para con los ascendientes y los descendientes, en el caso de haberlos. Revisad vuestras librerías mentales y recuperaréis seguro numerosas historias entre padres e hijos, entre hermanos, familias enteras. Y es que esas relaciones que no podemos escoger suelen ser las que más quebraderos de cabeza nos dan. Parece que debamos, siempre, obligarnos a solucionar relaciones rotas. No debemos. Me vienen a la mente, así a bote pronto, los abuelos de Dos letters de Atxaga o La sonrisa etrusca de Sampedro. ¿Por qué obligarse a la incomodidad del “ser”? Reseguid vuestras lecturas, pasead por vuestras relaciones…  

Esta relectura maternal ha sido causada por el nacimiento de Marcel. Ya tenemos aquí al pequeño de Elena. Para él tejí este peto a partir del patrón de Creativa Atelier y con lana Sur de Lanas Stop. Porque él todavía no sabe de qué va esto de la vida. Que los hilos van y vienen, se entremezclan, tejen historias. Una vida tejida al lado de su madre. Un ir y venir de aventuras, de recuerdos que contaremos con nuestro cuenta vueltas de tejedoras y ahí estaremos para verlo crecer. Para comprobar cómo se cumple el equilibrio desde la salida hasta la meta. Benvingut, Marcel. 


lunes, 12 de junio de 2017

Revista Màrius

Fernando Guzmán Simón escribió que las revistas literarias nacen como un compromiso con la literatura. Surgen como un texto polifónico construido a partir de la relación y el diálogo de numerosos textos. Lo dijo en su estudio Las revistas literarias andaluzas de la transición, magnífico análisis sobre cómo se unieron diversidad de conjuntos literarios y crearon estos recuerdos impresos de una generación.

Cuando una lee revistas literarias, propiamente, disfruta a la vez que aprende a valorar esa armonía existente entre las diferentes composiciones. Cómo dentro de una misma encuadernación conviven letras tan variopintas pero que terminan creando un conjunto que una vez leído deja tan buen sabor de boca. Leyendo revistas como Litoral, Años Diez, Quimera o La Galla Ciencia, una valora la disposición de los textos, el valor de las imágenes, la importancia de la diversidad, de la presentación, de la letra bien escrita, del cariño con el que se rellena página tras página.

El contexto no es el mismo. No se trata de una revista literaria, pero sí de una conjunción de distintas voces que comparten, o han compartido, un espacio común: el mismo instituto. Un año más nace Màrius. La revista que recopila un curso de vivencias, de esfuerzos, imágenes que sirven como diario anual de lo vivido. Páginas en las que se mezclan visiones de presente, vueltas al pasado, escritores de distintas edades con discursos de lo más variados. De ahí la polifonía, la combinación simultanea de variedad de textos que hacen posible esta publicación.



Ilustración: Xavi Riba.
Este año, más que nunca, han sido unas páginas colaborativas. Los alumnos las han hecho suyas aportando, uno a uno, su granito de arena tras las actividades ocurridas en el centro, los sentimientos generados en sus pasillos, las ilusiones en los mismos metros cuadrados. Ha sido una búsqueda constante de momentos. Ellos, tras las persecuciones pertinentes, han hecho reales las casi doscientas páginas impresas.

Cuando recupero la revista de mis años de instituto, descolorida, amarillenta ya, en forma de periódico o de suplemento; me doy cuenta del paso del tiempo. Eso me hace pensar que estos chicos, en unos años, regresarán a Màrius y pasarán sus hojas. Revivirán esas visitas de poetas, esos festivales literarios, las actividades en el patio… Textos que ellos mismos escribieron en su adolescencia, ilustraciones que tal vez, con el paso de los años, mejoren o varíen y les hagan sonreír recuperando las de sus 16. Entonces una se dice que por eso existe esta revista, que por eso debe luchar e invertir miles de horas, perseguir a tanta gente, hacerse pesada. Compartir nervios, revisar, revisar y revisar, intentar que tengan su columna. Porque querrán volver a esa etapa, como queremos nosotros, y tener en sus manos esos años mágicos de pasillos en azul y en amarillo. Porque las fotos guardadas en el móvil no les serán suficientes para desempolvar lo que allí vivieron. Necesitarán la voz escrita, la suya y las de sus compañeros, y esa voz queda aquí contenida. Por todo ello el esfuerzo, porque merecen que ese regreso quede en el papel. Tal vez, ahora no se den cuenta de dicha necesidad, pero pasados veinte años volverán. Va por vosotros, por vuestra vuelta. Por el diálogo que ahora creáis y que en el futuro desearéis recuperar. Gracias. 



lunes, 5 de junio de 2017

Rebeldía lectora

“Existen pocas sensaciones parecidas a la de tomar el control de tus lecturas y hacerlo sin pautas. El caos posee su propio orden, y de su estilo desgarbado nacía una felicidad de la que nadie nos examinaba.
Juan Tallón. La vida sin criterio. El País (1 de junio de 2017)

En nuestra adolescencia nos exigían unas lecturas obligatorias. Lecturas para unas fechas concretas y destinadas a ser examinadas. Preguntándonos por tal o cual personaje, sin importancia en la historia para nosotros, o por una frase que nunca hubiéramos subrayado. Nosotros no, sí el profesor. El desencanto de las imposiciones, aún más latente a los quince años. Pero como decía Tallón en su artículo de El País, la rebelión lectora aparece y es el joven quien decide qué leer, para cuándo y cómo. Esas son las mejores lecturas, las recordadas, las rebeldes. ¿Puede una obligatoria atraer a un no-lector y convertirlo?

En otras ocasiones ya os he explicado cómo tras leer a Machado en clase salí en busca de más. Necesité a Kavafis o Baudelaire y me preguntaba ¿por qué no nos hacían leer a Cernuda y tuve que descubrirlo yo sola? Poesía aparte, recuerdo algunas de mis lecturas, tras el artículo de Tallón. Paralelamente a las obligatorias, decidí investigar la biblioteca de mi madre. Encontré La tía Julia y el escribidor, de Vargas Llosa. Lo había escogido yo, nadie me preguntaría por qué, ni iría a examen. Lo disfrutaría para mí porque el tiempo era mío, no importaba que tuviera quince años. Ganaba la batalla a lo establecido, leía lo que yo quería. Al mismo tiempo descubrí la novela negra de la mano de John D. MacDonald. Recuerdo la lectura de Adiós en azul como un logro para mi cajita literaria. Iba conmigo a todas a partes y no dejaba de preguntarme por qué el resto de mis compañeros no iban en busca de McGee como yo. ¿Por qué se quedaban tan solo con Carreteras secundarias y su examen? Fue curioso cómo en la fiesta sorpresa que prepararon para mis 18, mis amigos me regalaron las más de 600 páginas de relatos de Quim Monzó. Sin ellos conocer quién era ese hombre que tanto había escrito y sin entender porqué ese era el mejor regalo para mí. La lectora indomable, yo. Continúo pensando que esa insumisión lectora en la adolescencia es la única que fortalece a los futuros lectores. La manera de alejarse de los bestsellers es romper con lo que debe ser leído, para leer lo que a uno le apetece de verdad.

El club de lectura se creó por eso mismo. Para dejar volar su imaginación y ayudarles a salir de los márgenes impuestos. Cierto es que siguen marcándoles el ritmo los deberes y las obligaciones. Algunos de ellos no han leído lo que otros, ¡por nivel de trabajo a los 16! Por eso nos decidimos por los relatos breves y cada quincena han recibido y conocido a Jhumpa Lahiri, Leopoldo Alas, Monzó, Guy de Maupassant, Cortázar o Borges, entre otros. Han descubierto poesía al alcance de su corazón, conseguimos que vinieran Elvira Sastre y Andrea Valbuena. Han repartido versos por el mundo, regalado textos tendidos en cuerdas de la ropa, creado su rincón propio o su mapa literario… Han reivindicado y gritado a los cuatro vientos la lectura libre. Los hay que han leído libros en dos días y los que han pedido más. Descúbreme otros, amplia mi lista. Música para mis oídos.


Para terminar el curso les propuse un bookcrossing. Hace ya unos años que liberaba libros de la mano de Soraya, quien organizaba la página en España. Siempre te queda el gusanillo de seguir. Mis lectores son aventureros, nunca hay un no por respuesta. Ellos mismos han aportado libros a la liberación, más otros cedidos por el propio centro. Juntos los introdujimos en la web, hicimos oficial la liberación y nos pusimos en marcha escondiendo una veintena de lecturas por el instituto. No querían esconderlos verdaderamente, deseaban los descubrimientos con la mayor brevedad, que fuera una grata sorpresa para sus compañeros al día siguiente, ¡que siguieran las instrucciones! Estaban deseosos de ver cómo esos libros, que ellos habían dejado libres, seguían su ruta y eran encontrados por otros lectores. Querían regalar lectura al mundo, que el resto también deseara historias nuevas. Que temblaran con los personajes, que los adoraran como ellos, que descubrieran que hay páginas más allá de las que serán evaluadas.

¿Lo mejor? El día siguiente. El amanecer de la sorpresa. Ser espectadores de los hallazgos, compartir las caras de asombro de los que encuentran los sobres. Sonreír porque hay alumnos que miran bajo los bancos o encima de los armarios. Sentirse felices admirando a los descubridores del tesoro. Tesoro escondido por ellos. Seguirlos y escuchar sus palabras de emoción. Hacer que la literatura sea mágica y no remunerada con una nota. Repartir historias, vivirlas, soñar con ellas y desear compartirlas. Así es como se quiere a la literatura y ese cariño, creedme, solo va in crescendo con los años. 


lunes, 29 de mayo de 2017

Arroz Montevideo

“En las fotos que guardo en el álbum familiar, hay fotos que se asemejan entre generaciones distintas. A veces miro algunas fotos de mi madre siendo joven o en edad adulta, regando una maceta, leyendo un libro, sentada en la arena de la playa frente al mar, y reconozco gestos propios en cada una de esas fotos. Este es un ejemplo del porqué de que crea a tan ciegas que la fotografía y la poesía son la misma cosa. Un gesto basta para hablar del pasado, del presente, de la nostalgia o de un crimen. Yo sé que tengo algo de los ojos de mi madre en los míos, algo de sus manos. Si la palabra es inútil, la utilizamos para tratar de acercarnos un poco a aquello de lo que quisiera hablar el corazón, si ese de verdad fuera el órgano capaz de hablar de amor.”

Herrera Peralta, Sara. Arroz Montevideo. La isla de Siltolá (2016)


De vez en cuando todos tenemos ataques de nostalgia. Volvemos a nuestra casa de la infancia con la necesidad de repasar fotos. Localizamos el álbum y nos sentamos en aquel sofá donde un día merendábamos ese pan con mantequilla, bien espolvoreado de cacao. Mejor si estamos solos, en silencio con el blanco y negro. Revivir momentos, recordando exactamente quien había tras el objetivo, quien enfocaba e inmortalizaba. Cada fotografía hace rememorar una escenificación, una vivencia que quedó en un trocito de papel. Si recuperamos imágenes aún más antiguas, tiene razón Sara, identificamos en ellas gestos familiares. Últimamente he reconocido mi sonrisa actual en las fotos de mi madre. Hacemos un mismo gesto, idéntico, que yo siempre había negado. Está ahí. Igual que la mirada, este brillo en mis ojos cuando sonríen también es herencia. Los ojos de mi padre ríen igual, las fotos lo dicen, en ellas se ve.

La poesía de Sara, la más reciente, se centra en las herencias. En los abuelos perdidos, en lo que ha quedado de ellos y que perdurará para siempre. Por eso me atrapa, por eso decido quedarme con ella. En esta su primera novela, Arroz Montevideo, hace algo extraordinario. Un viaje de recuperación de la memoria. Comparte con el lector su biblioteca, sus exposiciones, sus marcas en los libros. Esas relecturas que podemos hacer tras nuestros subrayados o exclamaciones al margen. Ella las transcribe, las comparte haciendo que sean un poquito más nuestras. Ampliando así nuestra lista de pendientes. Descubriéndonos personajes con historias sorprendentes como Louise Bourgeois o Camille Lepage, entre otras. Reseguimos su sendero a través de la literatura que llena sus días. Siempre había pensado que sería fascinante poder recopilar todo lo que me ha embriagado en cada lectura, ella lo hace. La admiro por ello y le agradezco infinitamente que haya compartido esa vivencia personal, ese viaje a por la tía Lola con nosotros.


Recorrer el camino por el que dejaron sus huellas los muertos, a veces lo hacemos. Reseguir sus pasos, desandando lo andado por ellos. Si cuento a mis cuatro abuelos, he perdido ya a catorce familiares directos. Desde niña he ido despidiendo a mis seres queridos antes de tiempo. Alguno de ellos en circunstancias trágicas, traumáticas, imposibles de borrar. Esos adioses viven para siempre con nosotros. Aprendemos, aunque cueste, a convivir con hospitales y tanatorios, conocemos las calles de los cementerios. Nos hacemos expertos en el ritual del adiós. Asimilamos el dolor y seguimos caminando. En el libro encontré una afirmación que me hizo cerrarlo y dejar en reposo. Cómo las fotografías de todas esas personas que nos han dejado siguen ahí… en el mismo sitio del álbum, sin moverse, al lado de los vivos. Seguimos pasando páginas y esas imágenes no se han disuelto. Permanecen al amparo del recuerdo. Por eso, también yo, pienso que la fotografía es poesía. Porque se dirige a lo más secreto que nos acompaña.

Reflexiona sobre cómo estas situaciones de desgarro nos pueden lanzar a la escritura, cómo la palabra es capaz de calmar la herida, de cauterizar el agujero. Muchas veces nos invitan a salir, cámara en mano, a buscar en la fotografía aquello que sentimos. Capturarlo en el exterior, crear esa poesía visual que explicará el dolor, la vida. Sus páginas nos invitan a relacionar nuestras lecturas con lo que vivimos, a recuperar noticias del periódico, enlaces encontrados al azar, a adentrarnos en las pinturas para hallar lo que buscamos, a excavar en los exposiciones encontrando el mensaje escondido que nos regalan. Cada página de Arroz Montevideo me permitiría tirar de un hilo distinto. Crea una telaraña magnífica de pensamientos, de nuevas ideas para escribir sin parar, ¡posts infinitos!

Trata de la poesía, del dolor, de la pérdida, de la escritura. De encontrar respuestas en mujeres como Bourgeois, Lapage, Salwa Al Neimi, Joan Didion, Anne Carson, María Zambrano,  Eudora Welty, Alexandra Boulat… ¿sigo? Nos regala la historia de su tía Lola, historia con más silencios que mentiras. Historia que dibuja círculos espesos en los ojos y grullas de origami con arroz para los muertos. Y también para los vivos. Porque hay muertos que están muertos y otros que están vivos. Pensando en ellos, unos y otros, decidí bordar la grulla. Dibujarla con hilo, como Lola y Céline lo hacían con arroz. Para no olvidar lo que ha supuesto su lectura, la generosidad de Sara Herrera Peralta y la gran lista de sensibles tareas que nos ha dejado pendientes su lectura. 


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