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lunes, 2 de abril de 2018

Nostalgia del presente


En aquel preciso momento el hombre se dijo:
Qué no daría yo por la dicha
de estar a tu lado en Islandia
bajo el gran día inmóvil
y de compartir el ahora
como se comparte la música
o el sabor de la fruta.
En aquel preciso momento
el hombre estaba junto a ella en Islandia.

Jorge Luis Borges, Nostalgia del presente.

¿Es posible sentir nostalgia del presente? Es decir, ¿podemos echar de menos aquello que estamos viviendo justo y precisamente en este instante? ¿Somos capaces de agolpar esa añoranza por algo que estamos experimentando y que sabemos que en cuanto termine volveremos a quererlo de nuevo? ¿Lo somos? Lo somos, sí. Borges lo afirmaba desde su interrogación de qué razones había para postular que existía el futuro. Si no tenemos esa certeza, tampoco sabremos si existirá ocasión para querer algo pasado, en el caso de no existir un tiempo posterior para mirar atrás. Pero, dejémonos de disertaciones sobre eternidades o infinitos; para eso tenemos los ensayos del argentino que ya seguiremos leyendo.

A todo esto se me ocurre que el concepto de nostalgia significa ese regreso apenado al pasado, a una vivencia que nos lleva atrás y que vemos desde el ahora con anhelo de volver a vivir. ¿Es así? Me pregunto entonces, cuando recordamos momentos pasados sin la tristeza de que vuelvan, cuando regresan esas historias pero no existe añoranza… ¿es también nostalgia?

Cada lunes de Pascua, como hoy, se repiten los mismos recuerdos. Hasta bien entrada mi adolescencia siguieron un mismo ritual anual. Se resumía en familia paterna y día de monte. Seis familias, once niños, solo dos niñas, componían el equipo. Tras organizar el territorio siempre íbamos en busca del tomillo. Me gusta recordar cómo nos vestíamos de campo, los adultos casi siempre repitiendo la ropa deportiva del año anterior, los niños no. Los niños tal vez mostraban la heredada de cualquiera de los otros diez, eso sí. Mientras, yo pensaba, que en otra sierra aragonesa estaría él también llenando su bolsa y pensando que no encontraríamos nosotras tan buen herbolario como el suyo.


Tras el momento “necesitamos tomillo porque nos va la vida”, los adultos se disponían a organizar el fuego y a charlar, tal vez no se veían más que en esa ocasión del calendario. Los niños jugaban a futbol, sin alternativa posible; exceptuando a tres, los de siempre. Evidentemente, habéis adivinado, yo me incluía en el trío. Trío que pasaba su lunes de pascua por separado, no es oro todo lo que reluce. Mi prima mayor se encerraba en la furgoneta de su padre a escuchar música. Mi primo, un mediano de tres hermanos, tampoco quería compañía (tantos años después me arrepentiría de no estirarle de la lengua y aprovechar cada segundo que luego ya no nos permitió…).

Aprendí, en esos lunes de campo, a disponer de mi plan B. Enfundada en mi chándal de tactel, primero azul (el mío), luego morado (el que dejó pequeño mi hermano) ideé mi hábito para esa “jornada anual”. Como si se tratara de una sesión obligatoria tras los saludos, el tomillo, la distribución de los mayores, el rodar de la pelota, a un lado mi primo, al otro la que tarareaba… Esther sacaba su lectura, siempre la misma. Destiné un libro a leer tan solo de año en año en el campo. No recuerdo la primera vez, debía ser muy niña porque el marca páginas que escogí, y que no dejé de utilizar, me delataba. La lectura en cuestión era Adiós en azul de John D. MacDonald. Novela negra de la que creé yo misma los fascículos, como si fuera una serie por entregas. Doce meses tras doce meses, seguía con las aventuras del detective Travis McGee justo allí donde lo había dejado en la sesión anterior un año antes. Siempre seguía, siempre recordaba el momento en qué lo había dejado, siempre respondía sonriente a la llamada de “¡a comer!” porque yo había cumplido mi misión, yo sí.

No recuerdo con pena todo aquello, no querría que regresara, pero quizá actuaría de otra manera. Pediría ir a recoger tomillo a la otra sierra, jugaría a la pelota, hablaría con él y seguiría leyendo, eso sí. Por eso inicio el post de hoy con la nostalgia del presente. Porque si estáis viviendo, ahora mismo, algo que sabéis que vais a echar de menos en cuanto termine, no cerréis los ojos, ni parpadeéis siquiera, apretadlo fuerte, agarraos bien y sentid la nostalgia del ahora; es la única de verdad.  


3 comentarios:

  1. La lectura de any en any???!!! Quin control!! Ara la processó del timó la tenen totes les familias!!!

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  2. Una que és rareta, ja saps! hihiii! Doncs és una molt bona processó la del timó!!!! gràcies per no fallar mai ;)

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  3. Qué bonito Esther! Y si, yo le he vivido, esa sensación de que el momento presente tienes que grabarlo a fuego porqué lo echarás de menos. Cuando los niños son muy pequeños y crecen a un ritmo imparable, esa sensación se multiplica. Y no, no, no hay foto que consiga atrapar ese momento. Mejor usar el corazón o la palabra.

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