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lunes, 16 de octubre de 2017

Las pequeñas virtudes

Heredamos el sabor de la tortilla, el caldo de las lentejas, la pasión por los higos y las cerezas.

Heredamos el olor de la ropa tendida, la mecánica al doblar las bajeras de las sábanas, el orden en las cuerdas.

Heredamos la mueca en la sonrisa, que aparece con los años cuando una ya creía no tener nada de su madre.

Heredamos la verdad en la mirada. Como nos miraba nuestro padre miramos ahora con unos ojos que nunca mienten.

Heredamos el amor por las montañas, sea un valle u otro. Recogemos setas, hacemos mermelada y grabamos el cielo, teniéndolo ahí más cerca de las manos.

Heredamos la insistencia en el cuidado de las plantas. Exigimos que sigan con nosotras, aun sabiendo que acabaran muriendo una tras otra. Generación tras generación.

Heredamos las horas de labor, el movimiento de la aguja en nuestras manos, la perfección en las pasadas.  Necesitamos que el resguardo venga de antaño para no sentir el frío.

Heredamos la costumbre a convivir con la enfermedad y a recibir a la muerte. Anne Michaels decía que “identificamos la muerte y el amor cuando empezamos a ponerles nombres.” Tan cierto, tantos nombres con sus caras.

Heredamos “la herencia de las mujeres tristes”, como dijo Sara Herrera Peralta. Heredamos las lágrimas y el miedo. Heredamos la indefensión, al mismo tiempo que el amar sin condiciones. No deberíamos heredar ni la soledad, ni el terror. No deberíamos sentir que volvemos a esos tiempos convulsos de miradas asustadas. Eso no deberíamos heredarlo, porque ellas no querrían. Ellas no permitirían que sostuviéramos la lágrima y que acallarámos el grito.

Josep Maria Nogueras
Pensar en las herencias, en todo lo que nos han transmitido y siguen haciendo, no es ser infelices. Mirar atrás no es la infelicidad. ¿O sí? Natalia Ginzburg dice que sí. “… ser felices o infelices nos lleva a escribir de un modo u otro. Cuando somos infelices, nuestra memoria actúa con más brío. El sufrimiento hace que la fantasía se vuelva débil y perezosa… / nos cuesta apartar la vista de nuestra vida y de nuestra alma, de la sed y la inquietud que nos embarga. En las cosas que escribimos afloran entonces, continuamente, recuerdos de nuestro pasado, nuestra propia voz resuena de continuo y no conseguimos imponerle silencio. / Tenemos raíces profundas y dolientes en cada ser y en cada cosa del mundo, del mundo que se ha poblado de ecos, de estremecimientos y sombras, y una piedad devota y apasionada nos une a ellas.

Tal ha sido el golpe de Las pequeñas virtudes, que me atrevo a contradecir a Ginzburg. Recuperar el pasado no siempre debe ser causa de infelicidad. Tal vez sí de arraigjo y de no querer perder una manera de vivir y de sentir determinada, heredada. Nada que ver con un apellido, sino con una forma de estar en el mundo y de relacionarse con cada minúscula cosa que encontremos. Quiero pensar que todas las mujeres de mi familia, antes que yo, han estudiado el color del cielo todos los días de su vida.

Como dijo Josep Maria Nogueras: “somos trenes cargados de memoria / viajando hacia el futuro” Por eso quiero creer que no es infelicidad, solo memoria. De ahí su foto hoy aquí, porque con cada imagen ya escribe poesía, imposible sentirse impasible antes escenas capturadas como estas. Y es poesía de nostalgia hacia todos los que han vivido antes por nosotros. Porque debemos abrir las ventanas al recuerdo, quién sino habitará el silencio de las casas cerradas…                                                                                                                                                             

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